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n las pistas del tango se baila en el sentido contrario a las agujas del
reloj, referencia asombrosa del antitiempo, todo un símbolo.
Parece que en el baile del tango el tiempo dejara de suceder,
que el tiempo se volatilizara al vibrar varios corazones en perfecto sincronismo,
corazones que se aceleran en una baldosa, pulsaciones irrefrenables de lo
emocional. El tango es como un adentro, un tiempo compartido, afuera de
lo cual parece que todo tiende a relativizarse y a secundarizarse. Si bien
uno no puede pasarse la vida bailando, en cambio es bueno bailar para perfeccionar
la vida.
¿No es cierto que cuando llegamos a la milonga venimos
a punto, afinados, perfumados, atildados de lo mejor que cada uno puede
o entiende, y que luego de haber pasado tres, dos, cuatro horas bailando,
nos sentimos exultantes por lo logrado, alivianados, frescos, recuperados?
Muy simple. Cada cual entró en el túnel del antitiempo.
Cuando bailamos una tanda, aparece una conexión directa
con un estiramiento de los tiempos, v.g. cada momento dedicado a bailar
tango, así sean tandas, temas u horas, es directamente proporcional a la
unidad de medida tiempo expresada en meses, semanas, días y sus noches de
sobrevida.
Horas agregadas a la vida. Es como que existiera un reaseguro
imperceptible. Quedamos satisfechos por haber alcanzado un envidiable crédito
vital.
Existen despistados que no comprenden el enorme valor
cósmico del baile del tango, entonces entorpecen la placidez, bailando precisamente
en el impertinente e invasivo sentido horario. O, lo que es peor y pernicioso,
cruzando como cometas por el medio de las pistas, incidiendo negativamente
en el decurso de esos cuerpos planetarios que pretenden girar y girar sobre
sus ejes sin sobresaltos, es decir aquellos que intentan seguir el curso
del placer, bailando precisamente contra las agujas del reloj. Esos intrusos
increíbles, perfectos agujeros negros que con su accionar todo se lo tragan,
no se dan cuenta que con su molesta actitud nos están robando valiosos minutos
de vida.
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Maravilla ver parejas de veteranos bailarines que conservan
una dignidad y una soltura en su bailar. A veces uno escucha reflexiones
u observaciones dignas de ser comentadas por su excelente humor, como el
extraño caso de aquellas parejas de edad indefinida, que mueve a pensar
si no será cierto que cuando comenzaron a bailar tenían aproximadamente
unos cien años cada uno y, al saber aprovechar estas cuestiones del antitiempo,
fueron achicando su edad en forma constante y progresiva hasta alcanzar
la edad relativamente más joven de hoy.
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Por el contrario, los jóvenes pareciera que se inician
precisamente “envejeciendo”, al incorporarse a un universo, que quizás por
mentas tenían, con temáticas tangueras pertenecientes al desván del pretérito,
pero que les van llegando, ¡y cómo!. Con una informalidad absoluta, que
maravilla verlos, también ellos tendrán tiempo suficiente para “rejuvenecer”
al compás de tandas futuras.
Otra cuestión notable es que la mayoría de los temas que
hoy se bailan, son temas que no envejecen, que se van revitalizando en los
oídos de cada nueva generación y algo más, cada vez parece que sonaran mejor.
Todo resulta pertinente. Nada resulta impertinente. Salvo
si a algún lunático se le ocurriera algún día, con esto de la globalización,
que es mejor que cada uno baile en su propio lugar, estáticamente, o lo
que es peor, a favor de las agujas del reloj.
CARLOS MEDRANO. (Con permiso del autor
para su publicación en “Tangoneón”). Publicado anteriormente en B.A.Tango.
Número 154. Mayo 2004.
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