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omo probablemente recuerdan aquellos que cometieron la torpeza de leer el
capítulo anterior de esta interminable saga, ocurrió que, tras una intensa
tarde de cursillo de tango, mi pareja y yo nos retiramos a casa para vestirnos
con el fin de asistir a una cena de gala, con posterior milonga, que se
celebraba en un conocido hotel de la capital.. Dicha fiesta constituía un
auténtico acontecimiento para mí ya que era la primera vez que participaba
en un evento de esta clase.
Empeñado en causar buena impresión al público asistente,
fuere cual fuere, opté por utilizar mis mejores galas para la ocasión. Por
ello, elegí una selecta camisa negra comprada previsoramente en rebajas
para actos de este tipo, acompañada de un traje también negro; conjunto
que, decidí, estilizaba mi figura sobremanera.
Naturalmente, semejante atuendo exigía oler de una forma
adecuada, razón por la cual utilicé en la fase previa a la de la vestimenta
un desodorante en cuya etiqueta el fabricante aseguraba que la duración
de los efectos del producto iba mucho más allá del numero de horas que yo
preveía estar bailando. Asimismo, utilicé mi mejor after-shave perfumado
cuyo aroma se expandió por encima del de las sales de baño utilizadas en
la ducha. Para terminar, y antes de ponerme la chaqueta, culminé el proceso
con una buena loción de “Eau D´equé” comprado en Carrefour especialmente
para la ocasión.
Mi chica, que también había decidido ir de negro, se juntó
conmigo camino de la puerta y en vez de agradecer que por una vez hubiera
decidido peinarme antes de salir, me espetó un “¿pero puede saberse que
te has echado encima? ¡hueles como esas tías que hacen la calle de la Montera!”
Yo no me digné responder a ese comentario -típicamente femenino- que demostraba
una gran ignorancia respecto a qué huelen las chicas de la calle de la Montera,
entre otras cosas para no tener que dar explicaciones de por qué lo sabía
yo.
Como el hotel en que se celebraba el acontecimiento quedaba
algo retirado opté por ir en coche con el fin de poder volver sin preocuparnos
de la hora y de la disponibilidad de transporte público. Fue la decisión
correcta porque al poco de arrancar comenzó a llover, lluvia que se convirtió
en diluvio antes de llegar. Naturalmente en la puerta no había el menor
sitio para aparcar por lo que tras dejar allí a mi pareja para que no se
mojara el peinado, fui a buscar aparcamiento. Tuve suerte y en sólo veinte
minutos y unas 300 vueltas a la manzana encontré un hueco encima de la acera
debajo de una señal de “prohibido aparcar-llamo grúa”. Satisfecho, como
buen madrileño, de poder dejar el coche donde más molestaba me encaminé
al hotel bajo el aguacero segundos después de comprobar que el único paraguas
de que disponíamos se lo había llevado mi chica que, naturalmente, no lo
necesitaba ya que yo la había depositado debajo de la marquesina de la entrada
del hotel.
Completamente empapado, aterricé felizmente en la mesa
que, por llegar tarde, nos había tocado compartir con todos aquellos que,
o bien se habían quedado descolgados de las mesas donde estaban sus amigos
por estar completas, o bien, simplemente, no tenían amigos. Es decir: que
no conocíamos a nadie.
(Cuando la señora obesa y más bien bajita a cuyo lado
yo me había sentado se levantó tras olfatear ostensiblemente el aire volviéndose
en mi dirección y se sentó en otro sitio libre en el lado opuesto de la
mesa, decidí que ésta era de las que efectivamente no tenían amigos.)
La cena transcurrió con normalidad entre la algarabía
del continuo ir y venir a las mesas donde se exponía el buffet y el bullicio
de los que esperaban la cola para servirse, lugar éste, la cola, donde uno
hacía nuevas amistades, reencontraba antiguas y conformaba alegres corrillos
mientras los más avisados, y duchos en estas lides, aprovechaban para colarse
y acabar con el jamón serrano y los langostinos.
Tras sucesivos viajes y probar de casi todo –menos, desde
luego, el jamón y los langostinos- observé sentado en mi mesa como el bullicio
de la cola, ya inexistente, se había transformado en un conjunto de alaridos
proferidos en otras mesas más animadas por aquellos que habían descubierto
que la cantidad de vino a consumir en la cena que proveía el hotel, era
ilimitada. Al poco rato el volumen de la música subió y la mayoría de las
mujeres presentes, movidas como por un resorte, salieron disparadas de sus
asientos con sus respectivos bolsos en la mano en dirección a los servicios.
Entonces comprendí que había llegado el momento del baile.
El baile resultó como todos, es decir los que bailaban
bien intentaban lucirse ante los demás y los que bailamos mal intentamos
escondernos entre el resto de los danzantes todo lo que era posible. Algunas
mujeres no conseguían llegar a su asiento al final de un tango sin que fueran
invitadas de nuevo a bailar y a otras sólo les faltaba haberse llevado las
agujas de tejer para sacar algún provecho a la noche. En cuanto a los hombres
todos intentaban también sacar provecho de la situación. Unos sorteando
alegremente a las parejas de bailarines con el plato en la mano, haciendo
aún viajes en dirección a las mesas de comida que allí seguían, otros discutiendo
animadamente con sus mujeres en relación al modo en que aquellas seguían
sus indicaciones en la pista y dirigiéndoles cariñosos epítetos del tipo
de “foca perturbada”, y algunos, por fin, pensando en el futuro, intentando
sacar a las chicas solas más presentables, sus números de teléfono a la
vez que se interesaban por sus inclinaciones sexuales.
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En un momento determinado, y tras bailar algunos tangos,
toda la mesa en la que me encontraba se levantó al sonar la alegre melodía
de un valsecito, incluyendo a mi pareja invitada por un conocido. En la
mesa quedamos únicamente la señora obesa que me había desairado al sentarme
y un servidor. Y pese a que era evidente que la señora había visto cómo
bailaba yo, empezó a echarme desesperadas miradas cargadas de intención
para provocar que la invitase a salir a la pista. Yo, aunque no sabía cómo
bailaba ella, porque nadie se había atrevido todavía a comprobarlo, decidí
poner tierra por medio antes de que la situación se complicase y me dirigí,
rodeando el salón, hacia el extremo opuesto donde se hallaba sentada una
señorita rubia en la que concurría la doble circunstancia de bailar aparentemente
bien y la de llevar una falda de una longitud que dejaba poco margen a la
imaginación de lo que había debajo. El problema fue que en el apresuramiento
por huir de mi mesa tropecé, a mitad de camino de mi objetivo, con otra
persona a quien conocía por compartir con ella las enseñanzas de mis profesores
de tango y a quien afectuosamente nos referíamos los demás como “la plasta
de la clase”.
No es necesario decir que me fue imposible escapar y que
pasé los siguientes 10 minutos forcejeando con ella, con su faja y con Canaro
hasta que, exhausto conseguí volver a la mesa.
Esta experiencia, sin embargo, no me desanimó. Y así,
cuando al poco rato se repitió una situación parecida a la anterior, abandone
las tormentosas miradas de la obesa y salí escopetado hacia la mesa donde
la joven amable exhibía generosamente sus atributos. Esta vez el problema
fue que, sentada cercana al objetivo, en un lugar por delante del cual yo
debía pasar, se encontraba mirándome fijamente una conocida que, aunque
muy agradable, llevaba recibidas únicamente tres clases de tango y a quien
yo, el día anterior, y en un rapto de generosidad inexplicable en mí, había
prometido que sacaría a bailar esta noche. De sus miradas se desprendía
que daba por hecho que me encaminaba hacia ella para cumplir mi palabra
por lo que, viendo que se escapaba mi oportunidad de bailar con la maciza,
opté por dirigirle una sonrisa y acercarme decididamente hacia la puerta
del pasillo que daba a los baños. Esta estrategia se confirmó exitosa al
ver que desde el pasillo exterior había otra entrada al salón que se situaba
exactamente a la espalda de la mesa a la que me dirigía inicialmente. El
fallo residió en que para cuando llegué a mi destino el asiento al que me
encaminaba estaba vacío y la joven en cuestión, bailando. Tras ver que mi
amiga, a su vez, había sido sacada a bailar y ni siquiera me quedaba la
oportunidad de cumplir como un caballero, volví cabizbajo a mi mesa sin
percatarme que se me cruzaba de nuevo mi compañera de clase (“ la plasta”
por supuesto)..
Diez nuevos minutos de lucha libre contra ella en la pista
me devolvieron a la mesa completamente machacado y sudoroso, -lo que me
permitió comprobar que el fabricante del desodorante que usaba, había mentido
como un bellaco sobre el tiempo de duración de los efectos de su producto-.
Había transcurrido un cierto tiempo de baile y charla
cuando, al inicio de una milonga, me encontré de nuevo sólo en la mesa,
esta vez sólo de verdad. Ante esta tesitura y dadas las experiencias anteriores,
opté por olvidarme de las convenciones sociales y cruzar directamente por
la pista de baile en dirección al objetivo inalcanzado hasta el momento.
Al conseguirlo mi confusión fue grande al encontrarme con que la hermosa
estaba charlando animadamente con la enana gor.. – quiero decir, la señora
bajita- que se sentaba en mi mesa y a la que yo continuamente ignoraba.
Con todo, tras obsequiarla con una inclinación invité cortésmente a bailar
a la joven minifaldera. Mi gesto, sin embargo aunque fue acogido con una
sonrisa, recibió como respuesta un: “ Uy, me encantaría pero es que bailo
muy mal la milonga… mira ¿por qué no bailas aquí con Amelia y cuando venga
una tanda de tangos bailamos nosotros?”. Aunque se me ocurrían infinidad
de razones para explicarle por qué no bailaría con Amelia, comprendí no
tenía ninguna posibilidad de bailar con aquella chica si decía que no, por
lo que salí a bailar con mi vecina de mesa. Lo peor, con todo, no fue tener
que acabar bailando con quien había tratado de eludir toda la noche, sino
comprender, al captar la mirada de complicidad que se cruzaron ambas cuando
salíamos a la pista, que había sido víctima de una típica jugada de estrategia
femenina.
Mi venganza fue terrible: incrusté la cara de la elementa
bajita en mi axila, y me dispuse a sudar aquella tanda de milongas copiosamente.
El resto de la velada fue tranquilo y sin incidentes.
Desde luego no intenté volver a sacar a bailar a la rubia y mi vecina Amelia
no volvió a dirigirme una sola mirada suplicante, pero cumplí con mi amiga
primeriza y mi chica y yo permanecimos bailando hasta que las tradicionales
notas de “La cumparsita” cerraron la milonga. Tras eso, felices y cansados,
nos dirigimos al coche para volver a casita.
Naturalmente me habían puesto una multa.
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