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ontinuando
la serie de artículos sobre el nuevo tango que iniciamos hace dos números,
queremos presentaros en este artículo a alguno de los “inclasifi cables”
según la tipología que en aquel momento establecimos. En concreto vamos
a reproduciros un artículo sobre Juan Carlos Cáceres aparecido en la revista
argentina “Tres Puntos”, en Mayo de 1999, con ocasión del lanzamiento
de su trabajo más conocido: el disco “Tango negro”.
El tango, cosa de negros
Juan Carlos Cáceres cree en la teoría del origen negro
del tango, y por lo tanto en el candombe como padre de la milonga, madre
a su vez del gotán. Y a esa idea le dedica su nuevo CD, “Tango negro”,
el quinto de los álbumes que grabó desde 1993, siempre en París. Sin embargo,
en las catorce bandas del disco van desplegándose varias de las facetas
de este artista aluvional, creador compulsivo, notable pianista, cantautor
que desborda ideas y salta de los ritmos desaforados -rioplatenses o latinoamericanos-
a la confesión íntima de café en tarde lluviosa.
Como
no cabe en la música, Cáceres también pinta (es profesor de artes plásticas),
y junto al lanzamiento de este compacto inauguró en la Galerie Monde de
l’Art, en el Barrio Latino, una exposición de cuarenta cuadros que desarrollan
el tema de la presunta raíz africana del tango. En algunas de las telas
retrata, con su vivaz estilo neofigurativo, a soldados negros o mulatos
que combatieron en la guerra contra el Paraguay y que luego reaparecerían
empuñando clarinetes y bandoneones.
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Cáceres
estudió artes plásticas en Buenos Aires (donde expuso años atrás en la
galería Van Riel una serie sobre la historia latinoamericana), frecuentó
el trombón, se volcó al jazz, y en los 60 se vino a España, de donde pasó
a Francia, precisamente en mayo de 1968. Sabe contar como nadie el exilio
argentino, tal como lo hizo en su tema “Sudacas”, que dio a su vez nombre
a otro notable CD, editado en 1995. Cáceres establece siempre un sugestivo
juego de distanciamiento y nostalgia. Mientras retrata a los argentinos
con la perspectiva de quien pudo alejarse, canta y dice con las infl exiones
arrabaleras y las porteñas expresiones de quien en realidad, como Troilo,
nunca se fue del barrio.
Entre cachador y sentimental, de verso casual y desprolijo,
decidor y ronco (se reconoce seguidor de Rivero y Goyeneche), evocador
de fracasos amorosos y ayeres en los que todo era posible, Cáceres deja
revolotear sobre sus temas unas briznas de fi losofía, para entregarse
en la banda siguiente de cada compacto a algún ritmo frenético o a una
profunda marcación tanguera. Con esa paleta se mostró con éxito desde
Estambul a Quebec, pero, como es debido, es un desconocido en Argentina.
Igual que en su notable CD anterior “Juan Carlos Caceres íntimo” también
en “Tango negro” hay un rescate de piezas más o menos clásicas, como “Malevaje”,
“Como dos extraños”, “Serafín” y “Vuelvo al Sur”. El resto es creación
propia, empeñosa, por momentos atropellada. Dos músicos del nivel del
bandoneonista César Stroscio y del pianista y arreglador Juan Carlos Carrasco
contribuyen a esta contagiosa celebración de las raíces, honradas desde
el desarraigo.
Julio Nudler
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