|
ealidad
o leyenda, la relación entre el tango y la religión se habría iniciado
a mediados de 1914 cuando una pareja lo bailó en el Vaticano ante el Papa
Pío X a fi n de demostrar que ese baile no era pecaminoso, con lo que S.S.
estuvo de acuerdo.Cabe aclarar que mal podía tratarse de un baile lascivo
porque la pareja la constituían dos hermanos y, como se sabe, no hay nada
más aburrido que bailar con la hermana.
La segunda oportunidad no fue nada auspiciosa:Gustavo
Martínez Zuviría (Hugo Wast) -ministro de Educación del Gobierno argentino
surgido del cuartelazo del 4 de junio de 1943- estableció una comisión
purifi cadora del idioma presidida por Mons. Gustavo Franceschi, la cual
prohibió la difusión de tangos en cuyas letras se utilizara el voceo o
los términos lunfardos.
Los autores de los tangos ofensivos a la moralina de
esos puristas de la lengua debieron corregir de apuro esas letras, las
cuales terminaron siendo una parodia del tango. Con nuestra habitual propensión
a la chacota, la gente decía que el nombre del tango “Guardia vieja” iba
a ser cambiado por “Cuidado mamá”.
La conexión tango-religión se refl eja en versos como
“… Campanas de bronce,/ las voces de Dios,/ anunciando “la Novena”/ se
oye cual deber sagrado/ con su toque acompasado,/ de oración./ Viejitas
y muchachas, desfi lan hacia el templo,/ consuelo de las almas, que descansan
en paz./ Hilvanan un rosario de penas y recuerdos,/ de hermanos, padres,
novios que ya no volverán./ Los fi eles de rodillas elevan hacia el cielo/
plegarias a la Virgen y súplicas a Dios,/ y mientras en voz baja dicen
avemarías/ el padre “sermonea” desde el Altar Mayor… “ (“La Novena”, Alfredo
Bigeschi).
Se observa también esa relación en “… Mientras tanto,/
al pie de la santa Cruz,/ una anciana desolada/ llorando implora a Jesús:/
“Por tus llagas que son santas,/ por mi pena y mi dolor,/ ten piedad de
nuestro hijo,/ ¡protégelo, Señor!” … (“Al pie de la santa Cruz”, Mario
Batistella).
En “Si volviera Jesús” dice Dante Linyera: “Veinte siglos
hace, pálido Jesús,/ que mirás al mundo clavado en tu cruz;/ veinte siglos
hace que en tu triste tierra/ los locos mortales juegan a la guerra./
Sangre de odio y hambre vierte el egoísmo,/ Caifás y Pilatos gobiernan
lo mismo./ Y, si en este siglo de nuevo volvieras,/ lo mismo que entonces
Judas te vendiera…/… / Si volvieras Jesús,/ otra vez con tu cruz/ tendrías
que cargar./ La injusticia impera. ¿Dónde está el amor/ que tú predicaste,
dulce Redentor?/ Magdalena vaga por los callejones/ apedreada, hambrienta…
Mandan las pasiones…/ Ya todo se compra y todo se vende./ La inocencia
sufre, nadie la comprende…/ ¡Qué razón tenías! ¡Qué razón que aterra!/
¡Oh, Jesús, tu reino no era de la tierra!”.
Enrique Santos Discépolo frecuentó esa relación en “…¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!/ Vale Jesús lo mismo que el ladrón…
(“Qué vachaché”), al igual que en “… Me clavó en la cruz/ tu folletín
de Magdalena,/ porque soñé/ que era Jesús y te salvaba…” (“¡Soy un arlequín!”),
lo mismo que en “Yo no sé por qué extraña/ razón te encontré,/ Carrillón
de Santiago/ que está en La Merced…” (“Carrillón de La En una suerte de
réplica al citado “Qué vachaché”, dice Francisco García Jiménez: “… Yo
no comparto ni discuto tus razones,/ alta la frente, en mi sonrisa hay
claridad de luz./ ¡Adiós, Ninón! Te cedo los ladrones./ A precio igual,
¡me quedó con Jesús!” (“Adiós, Ninón”).
Enrique Cadícamo dice en festiva irreverencia “… Hoy
se vive de prepo/ y se duerme apurao./ Y la chiva hasta a Cristo/ se la
han afeitao…” (“Al mundo le falta un tornillo”).
|
, así como en “… Igual que en la vidriera irrespetuosa/
de los cambalaches/ se ha mezclao la vida,/ y herida por un sable sin
remaches/ ves llorar la Biblia/ contra un calefón…” (“Cambalache”) y hasta
en la blasfemia de “…Me he vuelto pa’ mirar/ y el pasao me ha hecho reír…/¡Las
cosas que he soñado,/ me cache en dié, qué gil!…” (“Tres esperanzas”).
En los nostálgicos versos de” La capilla blanca”, Héctor
Marcó evoca “En la capilla blanca/ de un pueblo provinciano,/ muy junto
a un arroyuelo de cristal,/ me hincaban a rezar tus manos…/ Tus manos
que encendían/ mi corazón de niño,/ Y al pie de un Santo Cristo/ las aguas
del cariño/ me dabas a beber…”.
De ninguna manera creo haber agotado el tema. En todo
caso, para concluir este artículo tal vez nada más apropiado que hacerlo
con otro de los versos de
Discépolo “… Ya no me falta pa’ completar/ más
que ir a misa e hincarme a rezar…” (“Malevaje”).
Carlos A. Manus
|