(A los profesionales argentinos del tango que han elegido España
como lugar de residencia, con todo mi afecto)
o podíamos desaprovechar la oportunidad. La afamada pareja de bailarines…
y …visitaba Madrid e iba a impartir unos cursillos de baile a los que sólo
unos pocos privilegiados podrían tener acceso. Aunque yo no les conocía,
evidentemente se trataba de bailarines argentinos ya que en todo el folleto
que tenía entre mis manos, cuando se mencionaba a la pareja, aparecía siempre
delante el nombre de él. En cuanto a su calidad, quedaba refrendada por
los muy elogiosos comentarios que unos conocidos profesores de Madrid me
hicieron sobre ellos. Este hecho me resultó tan sorprendente que decidí
que debía tratarse de unos auténticos virtuosos (sólo más tarde me enteré
de que los profesores en cuestión eran los organizadores del evento).
El caso es que, como el precio no era excesivo
y las posibilidades de que yo terminara el curso bailando peor de lo que
lo hacía antes eran prácticamente nulas, me decidí a proponerle a mi pareja
apuntarnos a ver qué tal. Y así lo hicimos.
El cursillo tenía una cosa buena: era corto,
ya que sólo duraba los dos días del fi n de semana. De hecho, era lo único
bueno que tenía ya que los horarios eran criminales. Había cuatro módulos
o talleres (esto último me desconcertó bastante ya que no sabía si había
que ir con zapatos de baile o con un mono azul) divididos por horas: Tango
Iniciación, Tango Intermedio, Vals Criollo y Milonga. Cada uno duraba hora
y media, en ambas jornadas, y comenzaban a las 15.30, 17.00, 18.30, y 20.00
horas respectivamente.
La primera y ardua decisión fue a qué apuntarse.
Lo de Tango estaba claro, ¿pero a qué nivel: Iniciación o Intermedios? Aunque
mi pareja, con buen tino, me repetía que debíamos ir a Iniciación, ya que
el nivel venía dado por cómo bailabas y no por el número de años que llevaras
intentándolo, yo me resistía a reconocer mi ineptitud de forma tan evidente.
Sin embargo, cuando, tras cometer la torpeza de consultar a nuestros profesores
habituales, nos vimos remitidos, como ya me sospechaba, al curso de Iniciación,
vi esfumarse cualquier posibilidad de dormir la siesta algún día de aquel
fi n de semana. El problema fue que a mi pareja también le apetecía apuntarse
a Milonga, ya que era un ritmo que le encantaba y que tenía muchas ganas
de que yo aprendiera a bailar de una vez, según me explicó. Tras el intercambio
de airados comentarios que tal aseveración provocó, conseguí imponer mi
criterio en contra, con el aplastante argumento de que si salíamos de una
clase a las cinco y la otra comenzaba a las ocho, a ver qué diablos hacíamos
en el intermedio, ya que era demasiado tiempo para esperar en la sala y
demasiado poco para que compensara ir a casa y volver. Ante esta prueba
de superioridad intelectual, no tuvo más remedio que aceptar mis argumentos;
y así fue como nos vimos apuntados no sólo a los cursillos de Tango y Milonga
sino también al de Vals.
Llegado el sábado en cuestión, nos presentamos
en la sala en la que se iba a celebrar el evento con nuestros zapatos en
la mano y la comida en la boca, dispuestos a sacarle el mayor provecho posible
a nuestro primer cursillo ya que aunque el precio (individual y por curso)
no era excesivo, cuando multiplicabas por tres cursos y luego por dos personas,
el monto total se había acabado por convertir en una cantidad más que respetable.
Al presentarse los maestros, recibí la primera
y agradable sorpresa de la tarde y fue que la parte femenina de la pareja
de profesores resultó ser una señora estupenda. La segunda y desagradable
sorpresa se la llevaron ellos al descubrir que cuando en España un alumno
se apunta a un curso de iniciación, es que realmente necesita que lo inicien:
es decir, que no tiene ni idea.
Tras haber comprobado el nivel desastroso de
los participantes en el curso de los dos tangos que se bailan “para calentar”,
los maestros decidieron que la fi gura que querían que aprendiéramos -pues
una de las cosas que saqué en claro es que el cursillo consistía en que
los alumnos aprendiéramos una fi - gura- era mejor dividirla en tres partes
e irla complicando poco a poco. Así pues, nos pusimos a intentar la primera
parte de dicha fi gura sin parar de preguntarnos qué dejarían estos señores
para el nivel avanzado si éste era de “iniciación”. Por fi n, tras tres cuartos
de hora de infructuosos esfuerzos por parte de casi todos, los profesores
decidieron pasar a la segunda parte porque veían que si intentaban que de
verdad nos saliera bien la primera se iban a pasar en ello los dos días
enteros de cursillo. No hace falta decir que la segunda parte, que se sumaba
a la primera, era mucho más complicada, con lo que la desesperación cundió
por doquier entre todos los asistentes. Sólo después de que los maestros
renunciaran públicamente, a tres minutos del fi nal de la clase, a intentar
enseñarnos ese día la tercera parte y de que la profesora estupenda se dirigiera
a mí explicándome que era imposible que la fi gura me saliera llevando a
mi pareja tan separada -y de que me abrazara con frenesí para que yo viera
cómo tenía que “sentir” a la chica-, fue cuando decidí que, a pesar de todo,
el cursillo merecía la pena.
Terminada la clase, y mientras entraban los
alumnos del siguiente grupo, salimos a refrescarnos un poco y descansar
en alguna terraza cercana ya que era Junio y comenzaba el calor. De esta
forma pudimos descubrir que el barrio en que se encontraba la sala en que
se impartían las clases era el único de España en que no había un solo bar.
Tras un paseo de un cuarto de hora, encontramos un sitio donde sentarnos
un momento para, en seguida, comenzar el camino de vuelta y presentarnos
al cursillo de Vals.
Al comenzar el mismo descubrimos que allí había una mezcla bastante
interesante de parejas. Por una parte, estábamos
los que habíamos asistido a Tango Iniciación y que tras descansar un poco
habíamos vuelto, un poco menos fatigados pero con el mismo nivel de conocimientos
que antes -es decir muy pocos- y que éramos reconocibles por el bronceado
adquirido mientras buscábamos dónde descansar y el regreso posterior. Por
otro lado, estaban los que acababan de terminar el grupo de Tango Intermedio
-que, salvo alguna honrosa excepción, estaba constituido por gente de parecido
nivel al nuestro pero que no había tenido la humildad de aceptar su nivel
real de conocimientos- y que se encontraban todavía en estado de “shock”
tras pelear hora y media contra la figura del nivel intermedio que, por
lógica, debía ser aún más imposible que la nuestra (estos eran fácilmente
distinguibles por su aire de fatiga y los chorros de sudor que destilaban
sus rostros, y que a nosotros ya nos habían desaparecido). Por último, se
encontraban aquellos que, tras haber comido tranquilamente y haberse echado
una buena siesta, aparecían por allí para dar el cursillo de Vals con cara
sonriente y descansada.
|
La figura del cursillo de Vals no era ni muy fácil ni muy difícil, como
correspondía a una clase que se impartía en un único nivel. O sea que era
complicadísima. Yo, naturalmente, me apliqué a ella con empeño, si bien,
como la condenada se asemejaba tanto - o eso me parecía a mí- a la que nos
habían enseñado en la clase de tango, mezclaba lo poco que había aprendido
en el cursillo anterior con lo que me habían explicado en éste. Todo ello
bajo la mirada cansada de los maestros y la disciplicencia de mi pareja
que a mis sudorosas disquisiciones contestaba siempre diciendo: “Ay hijo,
no sé, .... tú eres el que llevas.... yo sólo tengo que seguirte” con la
nítida intención de dejar bien claro que la culpa de que no nos saliera
nada de lo que intentábamos era exclusivamente mía ,(actitud que, evidentemente,
no ayudaba mucho a mejorar ni mi estado de ánimo ni nuestra actuación).
Menos mal que los que habían asistido a la clase anterior estaban todavía
peor que nosotros. Es decir, a la dificultad del ejercicio presente se le
añadía el cansancio de dos horas y pico bailando sin parar, con lo que la
mezcla y confusión de figuras de ambos cursos así como las miradas asesinas
que los miembros de las parejas se intercambiaban, resultaba aún más patente.
Por otro lado, alguna pareja de mayor nivel y que había llegado de refresco
se aburría mirándonos tras haber repetido seiscientas treinta y siete veces
aquello que nos pedían que hiciéramos.
Como todo llega en esta vida, al fin sonó la campana, o su equivalente,
cuando el profesor dijo: “Bueno chicos, no os preocupéis si no sale, lo
puliremos mañana”. Momento que aprovechamos la mayoría de los presentes
para derrumbarnos en el suelo para descansar.
Tras el barullo de los que se marchaban y de aquellos que llegaban de refresco
a la última clase, nos reunimos todos para el cursillo de Milonga. Aquí
la mezcla de comparecientes era todavía más curiosa que en la clase anterior,
ya que nos encontrábamos los que llevábamos tres horas bailando (más media
de paseo al sol), los que llevaban hora y media y los que acababan de llegar,
todo ello aderezado con los diferentes niveles de conocimiento que cada
uno tenía.
Lo bueno que tiene la milonga es que es un ritmo más rápido que el vals
o el tango y como consecuencia más cansado. Por otra parte, no sólo la figura
que nos propusieron era del mismo tenor de complicación que las que habíamos
intentado en las clases anteriores, sólo que más rápida, sino que a ello
se sumaba el agotamiento físico de la mayoría de los presentes. El resultado
fue el que tenía que ser, y a partir del momento en que transcurrida una
hora de clase –eran las nueve- una de las chicas que estaban bailando desde
las cinco de la tarde se echó a llorar y fue a tumbarse en el suelo diciendo:
“ ¡Ya no puedo más...!” y , poco después, una pareja, evidentemente de hecho,
tenía que ser separada tras un intento de mutua agresión, los demás asistentes
poco a poco fuimos dejándonos caer hasta quedar sentados en el suelo, apoyados
contra los espejos de la sala, observando a los supervivientes que, más
que a unos alegres asistentes a un curso de milonga, recordaban a los protagonistas
de las escenas finales de “Danzad, danzad malditos”.
La despedida de este primer día se produjo con todos, incluidos los profesores,
desplomados en el suelo. Menos mal que, al final, tras los obligados aplausos,
pudimos escuchar al organizador del evento que nos recordaba que no debíamos
entretenernos ya que, como esa noche se celebraba la cena con gran milonga
para festejar la visita de los afamados maestros a España, teníamos el tiempo
justo para ir a vestirnos y presentarnos en el hotel para poder bailar hasta
las cuatro de la mañana. Nosotros, por supuesto, teníamos comprada la entrada.
Menos mal que la cena era “buffet”... (o sea, de pie).
G. G. G.
|