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arciso no tenía ombligo que le recordase el hecho de haber estado alguna
vez unido a una mujer y por ende al resto de los mortales, entonces, ¿qué
podía hacer?
¡Eureka! -gritó de alegría—me mirare todo yo al espejo. El era el favorito
de las milongas, adorado por las pibas, admirado y envidiado por los hombres,
se sentía el mejor. Pero se le hacía poco, realmente era poco todo el aprecio
que de él se hacía. Elucubrando, apoyado en la barandilla del corredor del
conventillo de su casa natal, admiraba la bella estampa de su fino pie asomando
por entre los balaustres de ordinaria madera pintada y decíase: "no me corresponde
a mí este barrio, estos pies están hechos para bailar en los mejores palacios
sobre raros mármoles y ser admirados por los más sobresalientes magnates
y políticos".
Rosita, su por entonces devota y sumisa compañera de baile, le aguardaba
todas las tardes para practicar en el patio con los tangos que ponían en
la radio. En su vida. Narciso lo era todo, durante las mañanas en los largos
ratos en el taller de costura solo pensaba en las indicaciones que él le
hacía entre regañinas y a veces malas palabras. Ella ni siquiera sentía
que le perdonaba los malos tratos. Solo tenía pensamientos de agradecimiento
hacia aquél elegido de los dioses que a su vez la había elegido a ella para
practicar durante las tediosas lardes de verano. El era inigualable, cada
día bailaba mejor, ni que decir tiene que Rosita pasó a la historia en breve.
El continuó su ascenso y rápidamente, pasando de pareja en pareja, fue bailando
con todas aquellas que le decían que eran las mejores bailarinas. Pero ninguna
le llegaba ni a la altura del zapato. Narciso las soportaba a duras penas;
por cierto que duras penas eran las que algunas pasaban con él, con el ceño
fruncido, la mandíbula encajada, y hasta alguna muestra de clara amargura
se reflejaba en sus rostros cuando Narciso -con inconmensurables ejercicios
de paciencia—trataba, las más de las veces inútilmente, de abrir un espacio
de luz en las torpes mentes de aquellas mujeres que él destino cruel le
ofrecía.
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¿Qué migajas de gloria podré yo conseguir si no encuentro siquiera a una
mujer con la que compartir mi arte
sublime?", se decía. "Todas ellas incompetentes, rudas, lentas, carentes
de gracia, sin cadencia ni compás; sus cuerpos son bellos, sugerentes, seductores
pero no me pueden seguir. Qué dolor el mío, me veo en la cumbre pero totalmente
desasistido y solo. Y no se puede bailar un tango solo... Bueno…¿y por que
no?"
Este fue el punto culminante de la carrera de Narciso. La revolución del
hallazgo de esta teoría le trastocó por completo. Desde ese momento abandonó
todas las teorías y prácticas anteriores. Se encerraba solo en el estudio
y ante el espejo bailaba y bailaba concibiendo y desarrollando nuevas coreografías
que después, con gran admiración de sus seguidores, representaba en público.
Realmente era sublime, su perfección con el tiempo fue inalcanzable. La
gente enloquecía al verle.
Pero poco a poco -y nadie osó decir por qué ni se atrevió a preguntar—.
Narciso parecía como si le invadiera una mezcla entre pálido y transparente
que, con el tiempo, se fue acentuando hasta que quedó manifiesta su absoluta
transparencia: no obstante él continuaba yendo a las milongas.
Lógicamente, perdió todos sus adeptos puesto que ya no se le veía; pero
bailando, de repente, algo te empuja o te golpea con dureza. Tú inmediatamente
sabes que es él y, por supuesto, como los fantasmas no hablan -como mucho
hacen uuh!!—jamás escucharás su disculpa por más dura que haya sido la arrolladura,
y desde entonces, es que en todas las milongas {o en muchas de ellas) te
lo podrás encontrar y le preguntarás: ¿realmente existió? ¿o es un mito
el Fantasma del Tango?.
Tangoneón
nº 12 - Julio 1998
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