
Hacemos tango, lo buscamos, lo seguimos porque ya no imaginamos la vida
sin tango. Si no estuviera el tango tendríamos que inventar algo
parecido, otro despropósito, otro absurdo, otra vena oculta de la vida
para dejar de ir de compras, cumplir horarios y flagelarnos con lo que
hay que hacer, creernos que existir tiene sentido cuando, tal vez no
tenga ninguno y esté muy cerca esa verdad con el rostro incendiado.
No me imagino la vida sin tangos para escuchar, quizá para bailar también,
aunque dé igual si para una cosa o la otra. La persona que lo ha sentido
en alguna de sus formas queda atrapada, presta a buscar intérpretes
diversos, títulos, versiones. Y el músico conminado a interpretarlo
según la versión que salió definitiva en su acertada sencillez, a
repetirlo así porque buscarle otra forma sería puro manierismo, vacuidad
y huida del genio.
Sí, los que los que lo hallamos lo necesitamos, aquéllos que un día dimos
con sus notas famélicas y envolventes que nos seguirán, como un perro
fiel, por dichas y miserias. Expresarán, en unas cuantas frases, enormes
despojos del vivir que costaron años y confusiones hasta caer en la
cuenta. Pondrán un ribete de filosófica sonrisa a lucubraciones sesudas,
se explicarán cantando traiciones que deberían digerirse a balazos.
Ahí están los tangos para ponernos sañudos y feroces inofensivamente; para
abrazarnos al cuerpo de la mujer que ya no está o a la que se ve tan
cambiada que preferimos regresar al sueño de haberla amado alguna vez
cuando fue infinitamente bella... y quizá, nosotros algo mejores; claro,
como para que ellas dijeran a los cuatro vientos:
Mamá yo quiero un novio
Que sea milonguero,
guapo y compadrón.
Con los tangos nos acontece esa leve alteración de la conciencia que
ninguna droga es capaz de provocar... O tan profunda alteración
-entonces- que basta que alguien diga que está de tangos para
entenderle.
Y no vaya a creerse que se trata de una suma, en ningún caso. Se puede
bailar toda la noche y de los cincuenta tangos que se hayan bailado,
probablemente, uno o dos sean los plenos. De sus numerosos tangos
interpretados, es verosímil que el músico encontró su felicidad en un
par de versiones o en cierta cadena de notas. Sí, porque la
cotidianeidad nos teje la vida en mecanismos de pasión refleja que
ruedan y, en esa rueda, se pierden.
No podemos dejar el tango, como no abandonamos la ciudad que, de tanto
estar en ella, un día hallamos como nuestra para no marcharnos.
Perseverar en el tango casi es como vestirnos de una forma determinada,
para que el espejo no nos eche en cara que hacerlo de otra manera es
ridículo o desfavorece cualquier encuentro.
Ya somos unos cuantos, verá usted. No todos los que podríamos ser, pero
dejémoslo ahí. Es sabido que el tango no desaparece, aunque unas cuantas
empresas como, RCA Víctor en Buenos Aires que, a finales de los
cincuenta, fundió las matrices de grabaciones tangueras porque pensaron
que "eso ya había pasado". Reaparece como el río Guadiana, con aguas que
parecieron sólo subterráneas, pero que son las mismas que ahora corren
con el pecho al sol y al cielo. Unos cuantos bebemos su sabor a sal, a
lágrima, a dulzura de otoño, a fresca pureza de quince años, a limón
irónico y no podemos dejarlo. Así nos reconocemos... no importa el
traje, ni la procedencia, ¡qué va! Hay tantos tangueros indocumentados a
veces, que la policía de Migraciones podría llenar un furgón. Y muchos
más la Academia de la Lengua; llenarlos de mal hablados y mal habladas
que chapurrean (o aporrean) el inglés, el alemán o el castellano y que,
sin embargo, se entienden de maravilla bailando. No preguntes cómo, ni
filosofes: según dice la milonga con la filosofía poco se goza. Basta que
huelas bien, que los zapatos no se peguen al suelo. Basta que te dejes
escuchar la letra en la voz que canta... y ya vamos juntos a ese mar
incógnito, donde encontrarás representaciones de infinitas cosas de la
vida, de gentes diferentes e, incluso, de ti ahí mismo.
¿CON QUIÉN?
Ya se sabe, lo mejor que tenemos en la vida, como cantan los tangos, son
los amigos y amigas con quienes uno está porque quiere. Los amores
pueden abandonarnos... y contraer compromisos que no siempre son de la
musa. ¡Que levante la mano el que esté en el amor sólo por la musa! Por
la emoción de encontrarla siempre y que no vaya manchado de obligación,
de deber cumplido, de pesarosa escena de costumbres.
La amistad tiene como escenario la pista, la mesa del bar, la calle
anónima. No el nido, salvo con aquella mujer ¡oh amor! con la que no nos
pedimos cuentas de pasado ni futuro. La fiesta servida en cada
encuentro, la fiesta.
También en el tango hay un costado de maravillosa urbanidad: vivir sin
saber mucho de los otros. No hablamos, vamos a bailar, a escuchar
tangos. El hablar indefinidamente, analizándolo todo como un químico del
alma (¿de cuál química?) nos agostó la paciencia, entorpeció la espera,
quizá haya desgastado las decisiones. Lo mejor es ir a bailar, o a
escuchar. Acabemos con el análisis, que ya lo hicimos. Echemos el cuerpo
a la otra, al otro, a la vida, en un tango.
DESDE MUY LEJOS
Cuando los tipos de la Academia de Medicina de Francia, en 1912,
"prescribieron" para los niños débiles, que alternaran con los baños de
mar, "tangos a toda hora" no estaban locos, ni demasiado científicos
seguramente. Llevaba el tango unos diez años desembarcado (no
aterrizado) en Francia y ya el gabinete de muy famosos galenos había
caído atrapado en la maravilla. Lo bailarían ellos a toda hora en el
té-tango, en la cena "donde se tangueaba entre plato y plato", en el
Music-Hall, en el
Champagne-Tango... Ya estaban seducidos por esa magia que nos hace
sentirnos más guapos, propicios a elegantes trajes, mas bravíos entre
tanta cultura ligth (condenadamente uso el término inglés que no
inventamos nosotros. ¡qué le vamos a hacer!), más arrojados sobre el
pecho y las piernas del otro sexo, con las cabezas juntas y abrazadas a
la prohibida belleza de caminar pegaditos (casi una sola figura) por las
veredas de la vida.
Y, dígame usted, si no se le sobresalta el corazón al oír ciertas letras:
No sé por qué te perdí
Tampoco sé cuando fue
Pero a tu lado dejé
Toda mi vida
Dígame si puede permanecer indiferente cuando oye:
Novia querida, novia de ayer
-Quien más quien menos-
Pa´mal comer
Somos la mueca
De lo que soñamos ser
O todavía aún esa formidable carga de profundidad:
Ya sé no me digás
Tenés razón
La vida es una herida absurda
¡Quien que tenga oídos para escuchar un tango, para seguir, siquiera, un
fragmento de las letras antedichas, no va a soliviantarse!.
El
tango no necesita de maquinarias publicitarias ¡cualquiera lo juzgue!
Para difundirlo no invierten Repsol YPF ni los Ministerios, ni la
Telefónica. Cuando lo hagan, será para ganar de antemano. Veámoslo. Sin
embargo, desde los garitos oscuros, de antiguos discos de pizarra, de
músicos ya viejos que tocan como siempre tocaron, desde bailongos en lo
profundo de los barrios de Buenos Aires, de casi subterráneos o
escondidos programas de radio, así como de espectáculos musicales
aventureros, comenzó a ganar el mundo, extendiéndose como un áloe oleoso
y profundo. Luego, lo descubrieron los listos del cine que ganan
efectos, elocuencia de siglo XX, pozos de intimidad sobrecogedora y
socarrona, poniendo escenas de tango en las pantallas. Así son las
cosas, así lo fueron siempre para el tango, aunque nuestras economías
vayan por carriles muy distintos a los de las consabidas empresas
multinacionales.
Rafael Flores
Publicado en ABC, el día lunes, 11 de diciembre del año 2000