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LA NOCHE DE LA COCINA |
Hay historias, anécdotas, textos, que una vez conocidos, oídos, leídos, se aferran con fuerza a nuestro ser. Es más: se integran en nuestro ser de tal forma que no podemos saber con exactitud como era la vida antes de ellos. Un día de enero, gris y lluvioso, escuché, mientras conducía, “La noche de la cocina”. Fueron unos minutos en los que no supe, no se todavía, discernir, si la tristeza de la narración hacía mas gris el día, o era este el que impregnaba de melancolía al texto recitado. O tal vez, lo mas probable, ambos se fundiesen en una única sensación interna que se despereza en mi cada vez que leo o escucho “La noche de la cocina”, dibujando la bruma de aquel día gris y lluvioso en mis recuerdos. Ahora dentro de mi ser... conviven un teléfono, una cocina, un fuelle.... y la sombra de la muerte reflejada en las paredes, blancas, de un lejano hospital. por Carlos María Gutiérrez “Poné... que el mejor tango que hicimos no lo escribí yo. Ni él tampoco. La última madrugada me llamó a las tres desde el sanatorio. Le habían colocado un teléfono, en esos días ya lo dejaban que se hiciese todos los gustos. “Gordo”, me dijo.
Y se me fue todo el sueño, y me senté en la cama con los pies colgando porque yo había dejado de pensarlo con un teléfono. Tampoco me lo imaginaba en el auto, o sentado en el café con Pepe y la Nena esperándome para la generala, o entrando en el departamento con las botellas de chianti mientras gritaba “Qué no se ancocharan los
ravioles, bárbaros!!!” Y nos llenaba esta misma cocina de barullo probando letras nuevas con voz de tenorino y destapando cacerolas. Me dijo “Gordo” así como triste. Le pedí que esperará y me vine con el teléfono a la cocina en calzoncillos para no despertar a la Nena, aunque ella duerme pesado y ni sueña. “Donde estás? De donde me hablás?” le dije. Imagínate que gil estaba yo esa madrugada después de tres horas de trabajo en la milonga y dos de copas con los otros giles. Me desconoció. “Sos vos gordo?”. “Y claro zanahoria”, le dije. Porque quien iba a ser aquí a esa hora de la matina, pero le metí todo el cariño en el zanahoria. Me explicó que estaba pasando la noche en blanco, sin dolores y piola, piola..., pero que la enfermera era una yegua, olvidadiza dijo él, y no le había traído lápiz. De todos modos él había escrito la letra de memoria. “La mejor letra que hemos hecho, gordo. Lo mas lindo que haremos desde ahora hasta que seamos viejitos”. Sentí frío en esta cocina toda blanca: otro sanatorio. “Décimela”, le mastiqué bajito. Y el empezó a recitarla a las tres de la mañana por teléfono igual de bajito. “Es por si oye la enfermera” aclaró antes, pero él sabía también que era por su vergüenza de inventar tanta hermosura y tanta pena como siempre. Al quinto verso yo tiritaba y lo frené. Que aguantara un poco mientras iba a buscar un abrigo, pero al salir ya me había olvidado y traje el fuelle solamente. “Dale”, le avisé. Con el tubo apretado entre la oreja y el hombro, sentado en ese mismo taburete blanco donde vos estás ahora, buscándole el tono meta talón y talón, como cuando estoy en la milonga y llega mi solo y dicen, no se, que bramo... o que me río para adentro con los ojos cerrados. A veces se le cortaba la voz, y tosía mucho, pero no me negó ninguna repetida de verso. Yo gatillaba notas bajas por la izquierda cuando el frío venía bravo, y si a él se le quebraba la garganta le metía un picado brillante para aguantarlo... , pero que iba a poder yo en esta cocina, o morgue, si del otro lado estaba la muerte canturreando su tango propio.
Hasta que el instrumento se aflojó, quieto, respirando.... El gato vino a refregarse contra mis piernas con el lomo erizado. “Gordo”, dijo la voz allí. “Corta que te llamo dentro de un rato”, le pedí y empecé a pasar para mi todo el tango tal como me había crecido de aquel frió, de aquellos versos y de aquel canturreo, hasta acabarlo. Pensé, creeme, “Quién soy entonces?”. Lo pasé otra vez y tampoco me vino la respuesta, aunque por lo menos pude llorar... Disqué el número del sanatorio pero la telefonista nocturna “Que no, que el Señor no podía ser molestado. Orden médica”. La estúpida debió asustarse cuando empecé a gritarle, y los sollozos me dejaban ronco y el fuelle a los alaridos dele saltos en mis rodillas pidiendo que no se muriese nadie, porque me comunicó con la habitación. “Escuchá”, le dije. Ya era casi de día y la cocina estaba de un gris sucio. Puse el tubo del teléfono arriba de la mesa. Arrimé el taburete para afirmar el pié y mandé... todo el tango de una vez, porque ya no había tiempo para despedirnos. El fuelle me tapaba la voz, que la tengo chica, pero se lo fui cantando verso a verso. Y cuando largué el fraseo de la mano izquierda, esta cocina retumbaba como una iglesia porque era la parte dónde estaba la muerte, y la tapé de música y de amor. Como si el amor y la música pudieran asustarla y que se fuera. Piqué los tres compases finales, desinflé el fuelle y me quedé aquí con un escalofrío.... El gato vino a pararse en un sol recién salido que pegaba en las baldosas. Entonces, puse el instrumento en el suelo, colgué el tubo del teléfono sin hacer ruido... , y vi a la Nena recostada en la puerta con los ojos secos, parada desde hacia horas sin decirme nada. “Vení. Abrazame fuerte” dijo la nena. Y yo..... fui.“ *********
Dahd Sfeir recibió en 1996 el premio Helen Hayes, entregado en Washington, a la mejor actriz en una producción musical residente por su papel en “Mano a Mano”. El premio “Helen Hayes” es considerado como el Oscar del teatro. Carlos María Gutiérrez, de cuya pluma surgió esta memorable “La noche de la cocina” entre otros muchísimos textos, fue uno de los principales periodistas del siglo pasado en el Río de la Plata. Sus artículos pudieron leerse en prestigiosos diarios como “El país”, “El día” y “El debate”. Carlos María Gutiérrez visitó Sierra Maestra (Cuba) en calidad de reportero y contribuyo notablemente a la difusión de la lucha del pueblo cubano. Fue deportado en 1969 por su ideario político, residiendo en Madrid, entre otras ciudades. De su obra autoral poética destacamos “Milonga para un fusilado”. Carlos María Gutiérrez falleció el 21 de Octubre del 2001, habiendo sido Dahd Sfeir su última pareja sentimental. Homero Manzi.
Indudablemente el más lírico de los poetas del tango, Homero fue un renovador de su poética. Su primer gran éxito fue “Viejo ciego” con música de Sebastián Piana y Cátulo Castillo. En 1930 Homero Manzi fue cesado, a causa de sus antecedentes radicales, de su trabajo como profesor de Historia con el advenimiento de la dictadura militar. Junto a Sebastián Piana renovó totalmente la poética y la estructura musical de la milonga. Vinculado con el mundo del cine y de la radio, a, formó parte en la fundación del grupo literario "Forja". Entre los grandes temas escritos por Manzi destacamos “Malena”, “Milonga triste”, “De barro”, etc... siendo la gran mayoría de sus éxitos colaboraciones con Aníbal Troilo: “Sur”, “Discepolín”, “Romance de barrio”, “Che, bandoneón”, “Barrio de tango”, etc... Homero Manzi falleció el día 3 de Mayo de 1951, víctima de cáncer, en el Instituto Costa Agüero de Buenos Aires. Tras su fallecimiento Aníbal Troilo le dedicó el tango “Responso” y posteriormente, junto a Cátulo Castillo, la bellísima milonga “A Homero”.
Aníbal Troilo “Pichuco” Bandoneonísta, compositor, director de orquesta. Nacido el 11 de Junio de 1914 en Buenos Aires. A partir de 1927 fue requerido por las mejores orquestas de tango: Ciriaco Ortiz, Julio De Caro, etc... Forma su propia agrupación, una de las mas apreciadas en la historia del tango, en 1937. De sonoridad aterciopelada, profunda y misteriosamente “nocturna”, su bandoneón nos dejó grandes clásicos del tango como “Toda mi vida”, “Garúa”, “Pa´que bailen los muchachos”, “María”, y un larguísimo etcétera. Su colaboración musical, y su relación personal, con Homero Manzi fue muy estrecha y a ella debemos exquisitos pasajes musicales.
El Bandoneón Mayor de Buenos Aires, como fue llamado, Murió el 19 de Mayo de 1975 en Buenos Aires.
Extraído de Letra Maleva Boletín de información Tanguera de periodicidad
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