La Camorra llegaba a Madrid avalado por opiniones
autorizadas. Por ejemplo, la de Daniel Piazzolla,
hijo del gran Astor, quien ha asegurado que
el quinteto le causó la misma emoción que escuchar
por primera vez a Agri, López Ruiz y a su propio
padre.
Cierto. Aun contando con los ilustres intentos
de Gidon Kremer, Yo Yo Ma, Daniel Barenboim
y un largo etcétera, pocos han logrado entrar
con tanta fidelidad sensible en la particular
órbita expresiva de Astor Piazzolla. Las versiones
de La Camorra de Verano porteño, Milonga,
Muerte y resurrección del Ángel o
Adios, Nonino acertaron a traducir el estertor
de muerte y el balbuceo de vida nueva que comparten
pan y techo en la escritura de esas piezas.
En primer plano, el extraordinario Luciano Jungman
hizo respirar muy hondo a su bandoneón para
prolongar la amargura del lamento, y supo hacerlo
explotar como un órgano de catedral en los pasajes
de rebeldía impaciente. Muy pendientes de las
partituras, los demás miembros del grupo (con
mención especial para los magníficos Sebastián
Prusak, violín, y Hugo César Asrin, contrabajo)
se amoldaron a la temperatura emocional con
respeto casi temeroso. Hicieron sonar a Piazzolla
como si estuvieran supervisados por el propio
Piazzolla.
Extaído de
El
País 2/10/2002