TÉCNICA DE TANGO PARA CIEGOS

De la serie "Cuentangos"

por David Frydman

    Ilustraciones por Roberto Volta

 Desde que soy ciego, esto del tango cambió bastante, aunque no tanto como puede parecer. En realidad la milonga era ya mi segundo hogar y conocía sus medidas de memoria.

Por supuesto, como en todo, también en la ceguera, una buena técnica ayuda.

Y el caminar del tango que me enseñaron mis primeros profesores resultó fundamental. Se trataba (y se trata) de no precipitarse, llevar primero el pie y luego pasar el peso del cuerpo.

Para los videntes, eso es importante porque es condición indispensable de la improvisación, el amague, el cambio de dirección, el juego.

Un paso dado, no se puede cambiar. Un paso indicado está siempre abierto a nuevas posibilidades de diálogo.

Rápidamente descubrí que caminando de esa manera, es imposible tropezar con nada. Antes de darte el golpe con una mesa o una silla, la has tocado suavemente, como acariciando el pie de la chica con quien bailas. Entonces un giro suave y, adelante.

La pista, por supuesto, no tiene secretos para mí. Tengo medidas las dimensiones y las direcciones. Orientándome por los altavoces, sé dónde me encuentro en cada instante. Y bailar sin tropezarse no es problema. Hay que ir despacio, un poco más despacio cada vez. Las otras parejas te adelantan y, sientes el aire que dejan a su paso.

Ilustraciones por Roberto Volta Las chicas, ¡más fabulosas que nunca!. Las sientes como nunca antes las habías sentido. Y no voy a entrar en detalles. Esto de ser ciego hay que probarlo. Lo mejor es que desde que no las veo, han dejado de envejecer, están iguales para siempre, y más aún.

Seguramente alguien se preguntará cómo me las arreglo para invitarlas a bailar. Pues muy fácil, me acerco a donde están sentadas y les digo: Sonia (o Sofía o Soraya o Sonsoles o Soledad) ¿bailamos?.

Nunca me equivoco y eso las tiene un poco flipadas.

Quiero aclarar que el asunto tiene truco: las reconozco por el perfume.

Aunque esto se está acabando. Me parece que se dieron cuenta y están empezando a reírse de mí (creo que se están intercambiando los perfumes).

En efecto, ya van varias veces que me equivoco y cuando esto sucede, la agraciada se ríe de mí con la risita de cuando teníamos 14 años y las chicas nos miraban, se decían algo al oído y se mondaban entre ellas.

Por eso decía antes lo de "más aún".

Porque están volviendo a tener 14 y a reírse como entonces, en que se burlaban de nuestro defecto, de esa ridícula protuberancia que nos diferencia y nos hace tan imperfectos.

¿Dije 14? ¿Y por qué no 8? Y yo aquí, en medio de todas, jugando a la gallinita ciega, corre que te pillo, corre que te pillo,,,

 

David Cuentango    

Publicado en la Revista "Gilda"   

Ilustraciones por Roberto Volta    

 

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