UN LUGAR PARA EL ABRAZO

por Marcos Perelli   


La penúltima vez que despegué de Buenos Aires me prometí que en seis meses volvería y tardé dos años y medio. Buen motivo me dieron para ello y, cómo son las cosas, ese mismo motivo anda ahora por allá empapándose de tango. Esta es una crónica de amor a una ciudad que ejerce sobre mi un influjo como ninguna otra… también sus moradores … y sus milongas.

Buenos Aires cambió producto de la crisis que últimamente vive. Aún así, el porteño intenta adaptarse, supongo que es por el ansia que tenemos todos de querer vivir. Es curioso, pero ahora que es cuando más razones tienen para desarrollar su característico lamento resulta que la queja brilla casi por su ausencia.

Pese a la crisis sigue siendo "la" ciudad que vive de noche. Multitud de "telos", boliches, kioscos, restaurantes abiertos hasta cualquier hora demuestran que esta ciudad comienza a desperezarse cuando todas las demás llevan varias horas durmiendo.

Las noticias que recibimos todos de la Argentina, ese percance desagradable que tuvo allá una amiga de un amigo de…, puede hacernos creer que es una ciudad insegura. Saliendo de la milonga, he paseado muchas veces de madrugada por sus calles y jamás me ocurrió nada. Guardando las precauciones básicas que debemos tener por ejemplo en el centro de Madrid no corremos mayor riesgo que aquí.

Por el contrario, este es un momento ideal para viajar allá. La vida para el visitante extranjero se traduce en hacer lo mismo por la cuarta parte de precio. Todo amante del tango y de la Argentina en general debería aprovechar esta ocasión, con el motivo añadido de apoyarla fomentando su turismo.

Las milongas porteñas también cambiaron en alguna medida. A muchos tangueros habituales de hace unos años, jóvenes sobre todo, no los vi esta vez y me temo que fue porque emigraron. Los que se quedaron aparecen dos veces a la semana cuando antes lo hacían cuatro. Todo esto ha supuesto que la proporción de extranjeros en la milonga haya subido apreciablemente, y con ellos se fue, en gran medida, el maravilloso arte del cabeceo como código de invitación mutua que tenía la pareja para encontrarse en la pista al amparo de su anonimato.

Nunca estuve en una ciudad con minas más…. minas que en Buenos Aires y en sus milongas tienes además la gran oportunidad de abrazarlas antes siquiera de saber su nombre. Lo que más me atrajo siempre del tango es esa calidez que tiene su abrazo. Ese “estar ahí " que sientes cuando abrazas al compás de un tango. Aunque esa sensación no es propiedad de las milongas porteñas, es allá donde se siente de forma continuada. Tanda tras tanda…, noche tras noche…, entre la pista abarrotada de parejas milongueras, circulas rellenando espacios para seguir abrazando.

La milonga porteña nos da además la diversidad de la que no gozamos fuera. Puedes elegir cada noche tu ruta milonguera entre boliches tan porteños como Salón Canning, La Estrella, Porteño y bailarín, El beso, etc.. Y cuando ya estás en una de ellas desearás bailar con tantas mujeres que, en caso de tener cierto éxito, te mantendrán maravillosamente ocupado durante toda la velada. El ambiente de sensaciones tan fuerte que se crea alrededor de la milonga es el mejor caldo de cultivo para que te ocurran situaciones de las que guardarás muy buen recuerdo a partir de entonces. Bailar en sus milongas me ha permitido conocer personas con las que he pasado muy buenos momentos dentro y fuera de la pista y a las que extraño mucho cuando no me encuentro allá.

Me pidieron que escribiera unas líneas acerca de mis impresiones durante mi último y reciente viaje al tango de Buenos Aires. No he querido hacer una descripción de sus milongas porque hubiera sido más adecuado siendo corresponsal allá... y no me atrevería yo a sustituir a quién, para mí, será para siempre irreemplazable. Por eso he preferido explicar las razones por las que, quien me conoce, sabe que estoy siempre deseando volver,… y ruego que sea muy pronto.


Marcos Perelli

Fuente: Revista "Gilda" nº 12

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