LA MIRADA

por Marcos Iaffa Sancho 

Marcos Iaffa Sancho
 Marcos Iaffa Sancho

Nunca había sentido una mirada así, fue como cuando querés sacar una foto, cuando tenés todo en la mira y de pronto y sin saber desde donde alguien se te cruza inesperadamente.

No esperaba demasiado de esa noche, y de pronto me di cuenta que me equivocaba otra vez.

Ella estaba sentada un poco lejos de la barra en la que me había instalado, no reservé mesa como cuando salgo con los amigos, pasé a su lado y no la vi y ahora con la pista de baile interponiéndose entre ambos se me clavó esa mirada.

No la conocía, no la tenia vista de antes en ninguna milonga y eso que el ambiente milonguero no me resultaba desconocido.

Los otros días presumiendo en charla de amigos le decía a Daniel, al mismo tiempo que me preguntaba:

- ¿Con cuántas minas habré bailado …? ¡¡¡ más de mil !!!, osea que por estos brazos pasaron más de mil minas…, ¿te das cuenta Dani…?, más de mil.

 

Ese domingo tuve ganas de ir a Rouge, había ido una sola vez anteriormente, un saloncito en un sótano, con una decoración intrascendente, una pista chica y de baldosas cerámicas, me parecía que no podía funcionar.

 

- Hacerle competencia a Salón Canning y a La Viruta los domingos a la noche, ¡¡¡ están locos !!!.

 

Me equivoqué de nuevo, esta milonguita tenía lo suyo y se llenaba a partir de las once de la noche, y yo quería descubrir el porqué.

Ella estaba allí, cerca de la entrada, en una mesa con otras dos mujeres igualmente desconocidas, le crucé esa mirada y le cabecié, no se dio por aludida, está lejos pensé, por las dudas la volví a mirar y a cabecear … nada.

No sabía si era alta o baja, si tenía lindo cuerpo o no, ni siquiera si bailaba, pero sí sabía que esa mirada no me la podía perder.

Empezaba una tanda de Di Sarli, la pequeña pista se llenaría, tal vez otro la sacaría a bailar, le volví a dar un cabezazo evidente, su mirada seguía allí, distante, extraña, parecía no verme.

 

- ¡¡¡Carajo, si antes me miró!!!.

 

No podía acercarme a su mesa, esto está mal visto en los códigos milongueros.
Ya había pasado El amanecer, la tanda seguía con El Ingeniero, con lo bien que se baila con Di Sarli y yo prendido a esa mirada y a mis pensamientos.

De pronto, en una mesa cercana a la de ella, veo a un tipo que no me resulta del todo desconocido, está hablando con una rubia, me acerco, lo saludo como si fuera mi mejor amigo, la tabla de salvación para estar más cerca de ella, para hacerle ese pequeño gesto que lo es todo, para poder empezar ese mareo de tres minutos tan deseado, para esa posibilidad de tenerla en mis brazos y bailarnos un tango…

El tipo, confundido, me contesta el saludo y sin reparar en quien soy me invita a sentarme a su mesa mientras reanuda el chamuyo con la rubia, esta es la mía, pienso, tengo que aprovechar mi buena suerte, después de todo me moví con audacia y discreción, estoy a tres mesas de ella, ahora me tiene que ver, le cabeceo y baja la vista como para arreglarse el zapato o las medias, ¡o qué se yo!.

Insisto, empieza La Cachila, con lo bien que me sale este tango, ahora me vuelve a mirar, se para…, se acerca a la pista…, ¿le habrá salido a otro?.

Me paré y me acerqué, nos abrazamos, le ofrecí mi pecho, sentí el suyo, comenzamos a bailar, sentí su torso, su perfume, su cara contra la mía.

Era una de esas diosas de la milonga, veterana de miles de tangos, tenía eso que sólo un milonguero puede descubrir en una mujer. Estaba hecha para bailar, sentía mi marca y le respondía con una dulzura que me parecía inigualable, inexplicable si no se baila el tango.

La cosa siguió con El Once, quería bailar toda la noche con ella, pero necesitaba esa señal, esa pequeña señal que me diría todo lo que quería saber.

- Te gusta Di Sarli como a mí, pensé en decirle, no, no, es una boludez…
   No te vi antes, ¿te gusta el lugar?, qué imbecilidad volví a pensar…

 

Era el instante crucial, iniciar un diálogo entre tango y tango, después sería tarde.

Dónde quedaba mi veteranía…, dónde estaban aquellas mil minas…, y encima la diosa parecía de mármol, ni un gesto, nada, nada que no fuera su cuerpo y bailar.

Pasó otro tango, ya ni sabía cuál era…

Finalmente terminó la tanda, me había puesto nervioso así que perdido por perdido… vacilante y atontadamente le pregunto sin más:


-  ¿Cómo es sentirse la elegida?
- Sabés una cosa, me parece una buena pregunta, dijo la diosa, te la tendrías que hacer, ¡¡¡sobre todo cuando el elegido fuiste vos!!!.

 

Marcos Iaffa Sancho   
Madrid, marzo de 2003   

 

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