MEMORIAS DE UN MILONGUERO

La primera clase

por Gonzalo Gómez Gimeno

Gonzalo Gómez Gimeno
 Gonzalo Gómez Gimeno

Todo empezó por el baile de salón. A mí siempre me había gustado bailar, y de hecho siempre había sido considerado un bailón por mis amigos cuando de jovencito iba las discotecas. Ello, por supuesto, no quería decir que los espasmos más bien propios de un ataque de epilepsia que yo consideraba genuinos pasos de rock progresivo fueran admirados por mis acompañantes, en general más retraídos; simplemente envidiaban mi absoluta falta de sentido del ridículo.

Con estos antecedentes, cuando entrados los noventa se produjo en Madrid el boom del baile de salón y cualquier varón mayor de treinta y cinco años se vio obligado por su pareja a enfrentarse al cha-cha-cha, yo lo acepté con el mismo estoicismo con el que asumí el intento de aprender a jugar al tenis en los setenta o a hacer senderismo en los ochenta.

Esta vez, sin embargo, se produjo un cambio sustancial en mi actitud frente a la nueva actividad en la que me veía embarcado: en la primera clase de baile de salón a la que asistí, arrastrado por unos cuantos amigos, el profesor, que era un gran profesional del marketing, nos explicó a todos los presentes, pero obviamente dirigiéndose a los hombres, una serie de conceptos preliminares y fundamentales, que pasé a olvidar inmediatamente, con la única excepción de dos. Uno: que en el Era capaz de bailar un swing sin perder el paso más de dos o tres veces por pieza y con el mismo estilo y elegancia que "C3PO" baile  en pareja el que manda es el hombre y la mujer debe dejarse llevar, y dos: que era importante que los varones perseveráramos en esta afición ya que la proporción entre hombres y mujeres que bailan, en España, es de cinco a uno. Estas ideas, simples, pero rápidamente contrastadas, sirvieron para convencerme de que lo mío era el baile.

Cuando a los pocos meses, y con la humildad que me caracteriza, empecé a considerarme un alumno aventajado en la mayoría de los casi treinta bailes distintos que se empeñaban que aprendiéramos, comencé a buscar nuevos horizontes. Para entonces yo ya era capaz de bailar eso que en Madrid llamamos swing, sin perder el paso más de dos o tres veces por pieza y con el mismo estilo y elegancia que "C3PO". Por ello llegados a este punto consideré que mi chica y yo ya estábamos maduros para adentrarnos en los entresijos del tango.

Y así fue como, antes de darme cuenta, me encontré inmerso en mi primera clase. Yo, provisto de un gran bagaje técnico-musical merced a mi experiencia anterior, sabía perfectamente que los bailes de salón se dividen en tres categorías de acuerdo con su dificultad de aprendizaje: Los fáciles, que tienen un paso básico en plan 1,2; 1,2, etc.. Los intermedios, que tienen un paso del estilo de 1,2,3, espero; 1,2,3, espero.... y los difíciles cuyo paso básico es de estructura mixta 1,2 –1,2,3. Por esta razón, me resultó altamente alarmante descubrir que el tango tenía un paso básico de ocho tiempos, todos diferentes entre sí y que después de ser realizados (de forma patética) por los aprendices allí presentes, nos acababan depositando en el mismo lugar donde habíamos empezado, lo cual no cuadraba nada con el concepto de baile desplazado y voluptuoso que yo había visto bailar como tango. De hecho, tras ser iniciados en la estructura del paso por la pareja de profesores que dirigía la clase, empecé a sospechar que éramos mi pareja y yo los que nos habíamos equivocado de aula. Sin el profesor, indiferente a la evidente inutilidad de sus esfuerzos para que los alumnos fuéramos capaces de reproducir nada parecido a un paso de baile... embargo el inequívoco acento argentino de los mismos, así como la inclusión de algo denominado “trabada” en algún punto del paso básico (dónde no resultaba importante ya que yo no tenía que hacerla), y que tenía un indiscutible sabor tanguero, me indicaron que de error nada.

A continuación, el profesor, indiferente a la evidente inutilidad de sus esfuerzos para que los alumnos fuéramos capaces de reproducir nada parecido a un paso de baile, pasó a explicarnos cómo debíamos realizar el movimiento “ocho caminado”, hacia atrás y girado a la derecha para ligarlo con el uno, entrando así en un segundo paso con la misma dirección de baile que teníamos al comenzar. Naturalmente el intento subsiguiente de repetir lo indicado resultó catastrófico. En primer lugar mi pareja había decidido comportarse como los carritos del “super”: bastaba que yo intentara llevarla discretamente y (según me parecía a mí) con exquisita suavidad, hacia la izquierda, para que ella saliera bruscamente disparada hacia la derecha mientras exigía a grandes voces que no la empujara mientras le ponía la zancadilla (¡so animal!). Este comentario debo reconocer que me sirvió de acicate para pasar a exponerle con todo lujo de detalles la opinión que me merecían su evidente falta de dotes para el baile en general y para el tango en particular, así como una certera referencia a que la inteligencia y ligereza con que seguía mis indicaciones eran únicamente comparables a las de un armario ropero.

Llegados a este punto, los profesores, que por alguna incomprensible razón no paraban de referirse a sí mismos como “maestros”, vinieron a separarnos mientras nos indicaban que era mejor tomárselo con más tranquilidad ya que habida cuenta de que como se desprendía de nuestro comportamiento, éramos cónyuges, aún en nuestras primeras nupcias, esto que nos ocurría no tenía nada de extraordinario ya que bastaba con mirar a nuestro alrededor para comprender que el resto de NR: Algún tiempo después las cosas fueron cambiando las parejas no parecía tener mayor éxito que nosotros. (Del mismo modo quedaba claro que sólo una pareja de las presentes no era pareja de hecho, como lo atestiguaba que fueran los únicos alumnos presentes que no se estaban insultando en aquellos momentos).

Fue en este punto cuando el profesor, supongo que para intentar calmar los ánimos, salió del aula para volver con una pequeña pizarra que apoyó en un trípode que también portaba consigo e, impertérrito ante nuestro estupor, comenzó a explicarnos mediante un diagrama de flechas cómo el paso básico podía ser cortado en cualquiera de sus movimientos para enlazar con otros, incluidos algunos del propio paso básico. Así, y por ejemplo, del movimiento cinco se podía pasar al dos, del seis al tres, del siete al dos... Fue en ese momento, mientras yo intentaba memorizar la inextricable maraña de flechas que adornaban la pizarra, cuando sonó el timbre: la primera clase había terminado.

 

Gonzalo Gómez Gimeno 
Extraído de la Revista Tangoneón nº 31   


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