MASCARADA

por Victor Levant     

Zora yacía degollada -desgarrada- sobre el piso de arce. (Ilustración de Roberto Volta)

Un llamado anónimo atraía a las sirenas hacia una mansión del Central Park. Era tarde, el crimen, truculento, ya estaba consumado. "No es mi culpa", gritó.

Zora yacía degollada -desgarrada- sobre el piso de arce. La  estola de visón la abrigaba inútilmente, y el cabello enmarañado le cubría parte del rostro. Damián jamás había visto una herida semejante. Recorrió la escena del crimen. Una pared se encontraba salpicada, "aquí fue" se dijo; pero lo que atrajo su atención fueron las manchas que poblaban el piso, la sangre completaba extraños diseños: espirales, semicírculos, pequeños charcos. Parecían parte de un ritual, o de una extraña danza. "Dios mío" se dijo, "el asesino la llevó hasta el cruce y la crucificó".

"El detective bailarín" a veces lo llamaban en broma. Cuando el arma homicida relució debajo de la pata de una mesa, supo con pesar que el caso era suyo. Se puso los guantes, sacó una pinza y la tomó. Era un fragmento de CD "La abandoné y no sabía" de Tanturi-Campos. El asesino tenía buen gusto; a él mismo le había llevado años encontrar ese tango.

Damián había visto frecuentemente a Zora en la milonga, era raro para una mina de su clase el recorrer las calles a media noche para ir a bailar en los brazos de extraños. Tenía, un rostro inquietante. Sólo que no le pertenecía. Era un excelente trabajo de los cirujanos plásticos; que destacaba el ángulo de su maxilar. Sus últimos molares habían sido extraídos, él lo percibía cuando se sentaba a su izquierda. ¿Alguien más lo había notado? Pero Damián había visto frecuentemente a Zora en la milonga. (Ilustración de Roberto Volta) aquella mujer, que había dicho ser una comerciante de antigüedades de Moscú, era ahora, según los archivos policiales, una ex prostituta de clase alta de San Petersburgo, que había hecho su fortuna prestando servicios en el estado mayor del ejército rojo. Tirado en el suelo, allí, esa noche, su cuerpo parecía confirmar el abuso de su profesión. 

La milonga estaba situada en un segundo piso en el viejo barrio de carnicerías de Chelsea; el cielorraso era de un rojo descorazonador, había candelabros, mesas de vidrio y una pared de espejos. El hall de entrada estaba lleno de abogados de Nueva York, bailarinas retiradas, modelos alemanas, y cóndores sudamericanos en pleno exilio. Ningún espécimen faltaba a la cita: psicólogos, mecánicos, cantantes de ópera italianos, muchachos de barrio puertorriqueños, cracks informáticos y peleteros judíos de la zona. Cerca de la ventana se encontraba un repulsivo puñado de ricachones de Manhattan, que habían venido a vivir, por una noche, la aventura de las clases bajas. Todos ellos llegaban al tango, sedientos de esa música pasional, de hombres que apreciaban su hombría, y de mujeres que ostentaban sus encantos.

Del otro lado de la pista, una fiesta de cumpleaños estaba en todo su esplendor. En el rincón más alejado, unas jovencitas charlaban animosamente, comparando sus zapatos importados de la mítica Buenos Aires. Había parejas de recién casados, bailarines amateurs, solteras jóvenes y bonitas deseosas de enamorarse, y tipos casados con ganas olvidar este pormenor por una noche. Aquellas mujeres, ávidas de admiración, ofrecían sexo a los tangueros destacados; una oferta demasiado frecuente y demasiado plagada de amarguras. Pero después de todo, cada una tenía derecho a sentir que ella sería la excepción.

Merodeaba la escoria del tango, los tiburones hambrientos de corazones tiernos y débiles. (Ilustración de Diego Manuel Rodríguez)En la superficie estaban los heridos ambulantes, refugiados de la vida, anhelando un paraíso perdido que nunca conocieron. Algunos parecían melancólicos, otros solitarios, la mayoría ausentes, teñidos de una dulce amargura. Arrastrados por los dramáticos y nostálgicos sonidos, deseaban intensamente fundirse en el abrazo íntimo. Entre las sombras profundas, merodeaba la escoria del tango, los tiburones hambrientos de corazones tiernos y débiles; y las mujeres perdidas que esperaban desahogar su locura con un hombre inocente.

Están en su ambiente, reflexionó Damián. De pie desde el rincón podía verlos a todos, un truco que él había aprendido en un congreso de policías. Algún gurú balines les enseñó la visión parabólica, 180 grados; los hacía mecerse sobre troncos hasta que sus ojos retornaran a sus órbitas. Nunca lo habría creído si no lo hubiera hecho él mismo. Esa técnica le otorgaba la ventaja de controlar las multitudes, de reducir el número de policías necesarios ante una manifestación. Ahora la utilizaba para junar a todas las mujeres del salón sin mover la cabeza. Algo le dijo que el asesino se encontraba allí, justo en frente de él. No sería fácil. Con una chica como Zora, podía ser cualquiera.

Damián se metió en el tango luego de la muerte de su esposa, por curiosidad primero, y luego ganado por esa mística inexplicable. Las primeras clases estaba desconcertado; las melodías nostálgicas se parecían a la polca. No era una tarea sencilla. Bailaba con singular torpeza: tropezaba, pisaba a las chicas, o chocaba a las otras parejas. El profesor le había dicho que se movía como un cangrejo. A menudo lo sacaban carpiendo o lo dejaban plantado en la pista con las gordas y las feas. Le llevó tiempo, pero al final la cazó; había trabajado duro y ahora disfrutaba de lo mejor de la cosecha.

Cuando Zora alardeó con él en la "Summer's Gate", alguien le susurró al oído: "es sólo un tintorero". (Ilustración de Roberto Volta)Eduardo se deslizó delante de él, sus uñas impecables envolvían una atractiva cintura. Era un bailarín elegante, sin duda. Siempre vestía el mismo traje a rayas negro. Comenzó a bailar a los cuatro años sobre la punta de los zapatos de su padre. Se cuenta que Zora se sentía en el paraíso en sus brazos... hasta que uno de sus amigos del club de las montañas laurencianas lo reconoció. La vez siguiente, cuando Zora alardeó con él en la "Summer's Gate", alguien le susurró al oído: "es sólo un tintorero, mi querida". Salió bramando de la bronca y lo dejó a pie a diez millas de la estación de ómnibus más próxima. Había confundido el traje a rayas hecho en 1940 con la nueva versión de Armani. Ese desplante le debe haber herido el orgullo, ¿pero rajarle el cuello por eso? No, demasiado enchastre para un dandi como Eduardo. 

Allá estaba, la vio en el espejo: La belleza de pelo azabache con el escote interminable. Damián sentía sobre ella el roce de las miradas ajenas. Él atrajo su atención y ella le clavó los ojos. Era suya para esta pieza. Se dio vuelta y, atravesándose entre los otros bailarines, se le acercó y la invitó suavemente. Ella se puso de pie parpadeando.

De pronto sintió un escalofrío. Volteó y se encontró cara a cara con Rock. Lo llamaban "el reptil" y no era precisamente por sus zapatos de cocodrilo. ¡Cómo le gustaba humillar a las chicas, reprenderlas, y dejarlas llorando! No bailaba con ellas, sino contra ellas, encerrándolas como ganado. Lo sorprendente era que volvían a él una y otra vez. Como si no recibieran suficiente castigo. Zora también adoraba eso, pero no tanto como para aceptar su propuesta de matrimonio. Él había comprado el anillo y en un arranque de fanfarronería, se lo mostró a sus amigos. Ahora sí que había un motivo de asesinato. 

Tenía las manos sueltas, se inclinó hacia adelante, el peso en la planta de los pies y ella lo siguió un instante más tarde. Sus pechos se encontraron y su mirada se hundió, suave, en la de ella.

Sus pechos se encontraron y su mirada se hundió, suave, en la de ella. (Ilustración de Roberto Volta)Damián se preguntó si ella había aceptado la invitación debido al revolver. No podía dejarlo en el vestidor, no se lo hubieran permitido. Estaba siempre allí, un bulto debajo del brazo izquierdo. ¿Eso la calentó? ¿O era sólo un juguete dentro sus fantasías? Para él, la pista era un lugar sagrado: tango, meditación en movimiento. En ocasiones era magia pura, una invitación de una chica desconocida para quien el baile era devoción absoluta. Nunca la olvidó: Vanesa. Fue su primera prueba de comunión con el tango, siete años atrás. Tenía el cabello castaño rojizo, era ágil, con una sonrisa cristalina capaz de aliviarle las penas.

Se sintió en el aire un perfume de azucenas. Se dio vuelta para mirar a Miguel, ese incurable romántico con corbata negra. El pibe con la cara llena de granos era ahora un apuesto atorrante malcriado, que nunca había aceptado un "no" como respuesta. Con una sonrisa matadora y unos penetrantes ojos negros, ¿quién podía resistírsele? Allí andaba arrogante, en la pista con su último trofeo. Zora reconoció su vanidad infantil. "No te vayás de la milonga sin bailar nuevamente conmigo", le ronroneó una noche. Y con un roce de sus pechos y un cuento de descuido marital, Miguel fue flechado. Derrochó en ella regalos que no podía afrontar y gastó una fortuna que no tenía, en un estudio para que pudieran practicar todos los días. Pero no sólo se abocaba a practicar: una tarde la encontró en la cama con Bety, la esteticista de abajo. ¿Cuánta mierda puede recibir un muchacho?.

Sus pechos se tocaron. Él sintió descender su peso y una neblina eléctrica surgió de dentro, mientras se acunaba de lado a lado. Su corazón palpitaba. "Estoy en casa", se dijo. De pronto estaban haciendo ochos, moviéndose hacia adentro y hacia afuera, entrecruzándose vertiginosamente. 

De pronto estaban haciendo ochos entrecruzándose vertiginosamente. (Ilustración de Roberto Volta)El tango le enseñó a Damián sobre el comportamiento humano más que el trabajo policial. Podía adivinar cómo era una mujer con sólo bailar con ella. Las presas fáciles que no podían resistirse; las de corazón apesadumbrado, que se colgaban a un tipo por un poco de piedad; las seductoras que ejercían sus encantos; las vampiresas que te chupaban toda la sangre; y las escasas, valiosísimas, que apreciaban la intimidad de una pieza. 

¿Y Bety? Damián se moría por encontrarse entre sus pechos. La rubia platinada era una belleza tan bien dotada como odiosa. Se divertía en la barra, tomando martinis con "el reptil" mientras miraba bajo la nariz a los iniciados, burlándose de sus errores y de sus posturas. "Hipócritas", pensó Damián. Se patinaron miles de dólares para llegar a la punta del ranking de bailarines de tango. Ni siquiera eran buenos, sólo pretenciosos, y egocéntricos. Todo un nido de víboras. Absolutamente incapaces de entregarse a otra persona. Pero ¿quién sabía lo que realmente había entre ella y Zora? "No hay infierno peor que la furia de una mujer despreciada".

Damián retrocedió haciendo los pasos de la mujer. Era un truco que aprendió con uno de sus maestros. Era siempre un ganador con las chicas. La llevaba como un cazador orgulloso de su presa. De repente, él le bloqueó el pie. Ella lo rodeó, levantando la pierna a lo largo de la pantorrilla y el muslo.

Damián vio a los mejores en Argentina, y no eran precisamente los maestros. No, eran tipos comunes que se deslomaban en alguna fábrica u oficina, y bailaban los viernes y sábados a la noche durante toda la vida. "Aquí todos son principiantes, y ni siquiera lo saben", pensó.

Eran tipos comunes que se deslomaban en alguna fábrica u oficina. (Ilustración de Roberto Volta)Estaba sonando "Bahía Blanca" la quintaesencia del tango. Sólo una persona poseía esa grabación: Barbo, el dueño de la milonga. Era un tipo corpulento que cambiaba de amante con más frecuencia que de ropa interior. ¿Quién hubiera sabido que era un coronel boliviano escapado de la persecución por la guerra sucia de los años 70? Tenía el cuello rígido, los ojos hinchados y los labios rígidos. ¿No corrían rumores de que Zora planeaba instalar una discoteca concheta en el centro? Con la belleza y el dinero de la mina, este hijo de barbero se hubiera arruinado sin remedio. Barbo nunca hubiera podido soportarlo. ¿Pero degollar a Zora por eso? Una bala en la nuca, tal vez. Ese hubiera sido su estilo. 

No se podía distinguir si eran dos personas bailando o una sola: el pecho de él y las piernas de ella se movían alrededor de la pista. Qué boludez eso de que se necesitan dos para bailar tango, pensó. Estaban nuevamente cara a cara. Dio un paso atrás y dos al costado. Dos pasos hacia adelante y ella quedó colgada en sus brazos. Estaba en el cruce y los dos y giraron como dos imágenes en un espejo. 

No, no sería fácil descubrir al asesino. Con una mina como Zora cualquiera podía ser. Damián conocía su tipo. Estéril y voraz. Puro veneno. Pero ¡Qué cara! ¿Qué estaba diciendo la canción ahora? "Todos están usando una careta, la vida es apenas una bola de carnaval". Damián repasó a la multitud de reojo. Tenía una pequeña debilidad por todos. Era gente sin pretensiones, en busca de calor humano y movimientos elegantes, para suavizar los duros golpes del día. Sonaba un vals, "Soñar y nada más". Era su preferido, un recuerdo de su primera comunión, hace siete años. 

"Estás fuera de tiempo", escuchó de nuevo. No lo podía creer. (Ilustración de Roberto Volta)Pasó toda la velada en los brazos de Damián. Ella Estaba pegada a su pecho y él bailaba entre sus piernas, flotando a través de toda la mugre del mundo de la que fue testigo, a través de la pérdida de su esposa, a través del dolor por los compañeros muertos, a través de las heridas de la vida, cuando oyó "Estás fuera de tiempo". Giró un poco la cabeza para averiguar la procedencia del sonido. "Estás fuera de tiempo", escuchó de nuevo. No lo podía creer. El sonido provenía su compañera de baile. Sintió un dolor punzante. Los labios le temblaron con furia. ¡Cómo podía ser él! Estudió con Pepito, Antonio, Balmaceda y los Zotto. Damián se soltó lentamente, hizo una reverencia casi imperceptible, se dio vuelta y se fue al borde de la pista. 

Dirigiéndose a la pared espejada, volvió la mirada hacia la belleza de cabellos azabache, con la cara como nube oscurecida. Dio una vuelta, se metió la mano en el bolsillo del saco e hizo un ruido seco. "¡Qué Dios me ayude, no otra vez!" murmuró. Sacó la mano del bolsillo. Estaba sangrando y sostenía un trozo irregular de disco compacto, Edgardo Donato, "El adiós". También le había llevado años encontrarlo. "No es culpa mía", exclamó.

Fin

Víctor Levant    

Adaptado del inglés original por Hernán Odorisio    

Ilustraciones de Roberto VoltaDiego Manuel Rodríguez     

   

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