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EN CONTRA DE LAS AGUJAS DEL RELOJ por Sonia Abadi |
Negando el paso del tiempo o quizá buscando su inspiración en el pasado, así se baila el tango. En estos días de soledades físicas en que amistad, sexo y afecto encuentran soluciones de Internet , el tango ofrece la oportunidad de un encuentro vivo, cuerpo a cuerpo, a la vez que un espacio para vivir experiencias de diversa calidad emocional, erótica y artística. Así baila Buenos Aires. Con el pasado en presente y el presente continuo, al son de viejas orquestas y letras que cuentan historias de otros tiempos. Pero baila hoy, en el umbral del milenio. Perdidos en la gran ciudad y el mundo globalizado, en la milonga se encuentran todos. Los que ya no están, los que bailan, los que van viniendo o vendrán, los que vuelven. Jóvenes que descubren el tango que bailaron sus abuelos, aportando su energía, creatividad e irreverencia. Adultos que redescubren el tango de sus viejos y del que renegaron durante años. Viejos milongueros que nunca dejaron de bailar y miran sorprendidos este nuevo berretín por el tango caminando la pista con una mezcla de orgullosa modestia y displicente destreza. Extranjeros que vienen y vuelven
enamorados de ese abrazo intenso y de esa proximidad emocional inhallable
en sus propias tierras. Todos ellos circulan entre clases y milongas que
tampoco son ya de un solo modo. El tango de hoy se baila informalmente en algunas plazas de Buenos Aires, con un modesto equipo de música a ras del piso, a la vista de los curiosos y atónitos paseantes. Estilo compinche, sin cabeceo ni remilgos, tanto el hombre como la mujer pueden invitar a bailar. Se baila en jeans y zapatillas, borcegos y remera. Vas si sos del barrio y si no también. Se baila en las clases y prácticas que evolucionan naturalmente hasta transformarse en milongas. Los grupos de amigos o compañeros de clase se sientan juntos, charlan, prueban nuevos pasos. Allí no hay riesgo de planchar ni de rebotar. Piadosamente, ellos bailan a todas las chicas, ellas bailan hasta con el más tronco. Se sigue bailando en las milongas más tradicionales, con tanda y cabeceo, y mesas separadas para hombres y mujeres. Hay más empilche, ellos de traje o camisa negra, todavía se encuentran los engominados y hasta algún saco cruzado a rayas finitas. Ellas más producidas, con medias de red, transparencias o ropa que brilla. También de mini y con el ombligo al aire. El tango, "violador de fronteras" como lo llamó Cadícamo, ya ha atravesado las barreras sociales, espaciales y generacionales, mezcla los estilos, sale de los salones a las calles. Ahora además, en un torrente imparable, cruza la frontera del milenio, llevado por los bailarines que avanzan hacia el futuro, girando siempre en el sentido contrario a las agujas del reloj.
Sonia Abadi, El bazar de los abrazos Bs.As., Lumiére,
2001 |
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