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De la serie "Cuentangos" |
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Ella estaba al borde de la pista, de pié y fumando. Yo pasaba por ahí y la arrastré a bailar, así como iba, con el cigarrillo en la mano. ¿Con el cigarrillo? protestó como diciendo: así no se baila. Y si ella lo decía era cierto, porque era mi profesora de tango. A ver cómo le explico que el tango, mas que representar una relación, es, de verdad una conversación. Y conversando, el desorden es inevitable. Las palabras a veces se tropiezan peleando por salir al mismo tiempo.... Y otras veces el silencio se prolonga, ocultando, tal vez, oscuras intenciones. Le sigo sujetando la mano de tal manera que si suelta el cigarrillo, me quema (y no se la pienso soltar, convencido como estoy de mi misión). A las citas con el ritmo hay que llegar a tiempo, pero no siempre. A veces, como un novio ansioso por ver a su amada, nuestros pasos se apresuran con torpeza. Y la demora, la demora es lo mejor... el mundo, el universo entero, cuadriculado organizadamente por el ritmo, nos está esperando... entonces, en ese largo suspiro que tardamos en llegar, existimos de verdad. Mientras bailo estos pensamientos, su incomodidad no la abandona. La mirada busca una salida para la cuestíón del cigarrillo, que no sea dejarlo caer ensuciando la pista. Pero la música y yo postergamos cualquier posible solución. Ella tiene la mirada perdida. Una mirada perdida de verdad, no la actuación de una mirada perdida... Una mirada perdida mientras baila. Algo voy consiguiendo. El arte de la imperfección ofrece, por supuesto, enormes alegrías. Y la más fácil de conseguir es el reencuentro. Cuando después de habernos abandonado, el ritmo vuelve con nosotros y todo está nuevamente bien, reímos como niños, aunque por dentro. ¿Cómo le digo todo esto?¿Cómo le explico que hacerlo un poco mal, es lo mejor? ¿Cómo?¿Cómo...? No sabía cómo salir del callejón cuando en eso llegó Súper Pugliese, y con una sola mano, me salvó.
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