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DIARIO DE UN MILONGUERO Mi Primera Milonga por Gonzalo Gómez Gimeno |
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Me lo habían dicho muchas veces, y de hecho ya lo sabía yo por mi experiencia en otros bailes: no tiene sentido dar clases y Clases de Tango si luego no vas a bailar. En la pista es donde se aprende. (“Sacále viruta al piso…”). El problema consistía en la súbita e inexplicable vergüenza que me provocaba mi manifiesta incapacidad para dar un paso a derechas, especialmente si debía darlo en público. Pese a todo, llevado de mi más agudo sentido del deber (y del brazo de mi chica que tiraba de mí), finalmente me decidí a enfrentarme con lo inevitable: mi primera milonga. Traspasada la entrada del local al que nos dirigimos y una
vez en la sala, en la que sólo se adivinaba la pista de baile en el centro,
optamos por dirigirnos al rincón más oscuro y alejado de la puerta con el fin
de poder pasar lo más desapercibidos posible y de observar sin ser vistos. Lo
malo es que al entrar de la iluminación exterior a la penumbra de dentro perdí
completamente el sentido de la realidad. Así, sólo tras tropezar con varias
sillas conseguimos identificar un lugar apropiado al lado de otra mesa que,
por las sombras que se bosquejaban, estaba ocupado por varias
La recuperación de la vista me permitió igualmente identificar a los ocupantes de la mesa vecina que resultaron ser un grupo de señoras ataviadas de luto riguroso pero con un largo de falda que no casaba nada con la idea fúnebre que el resto del atuendo sugería y desde luego, en mi modesto parecer, absolutamente impropio de unas damas respetables. Fueron, sin embargo, sus mordaces miradas de soslayo hacia nuestra mesa, así como algún comentario recogido al azar los que me permitieron comprender el por qué de la incomodidad del lugar: me había sentado encima de la mesita de servir en vez de en la silla. Llegados a este punto, y una vez enmendado mi error, pedimos la bebida al amable camarero que acudió a servirnos: dos gin-tonics bien cargados, para superar la vergüenza inicial, y un whisky doble extra para mí, para decidirme a bailar. Fue entonces cuando advertimos que desde hacía rato no había dejado de producirse una ininterrumpida llegada de gente, parejas en su mayoría, que se distinguían porque ellas vestían unos modelos que, en algunos casos, sólo podían calificarse como de realmente notables en su hechura y porque todos traían una bolsa en la mano que agitaban con alborozo mientras se lanzaban jovialmente sobre los ya sentados, a quienes besaban con gran efusión, siendo, desde luego, contestados con igual emoción por ellos. Como era evidente que allí todo el mundo se conocía (hasta las poco discretas damas de mi vera eran cordialmente saludadas por los entrantes), poco a poco una sospecha se fue forjando en mi mente: ¡A ver si nos habíamos metido por error en una fiesta privada de algún grupo del Inserso!. (Lo que más me preocupaba, por cierto, no era que fuese así sino que me hubieran dejado pasar...)
Inmediatamente, una cierta cantidad de provectos caballeros cuya presencia me había pasado hasta entonces desapercibida, surgió de entre las sombras para invitar a bailar a las mencionadas jovencitas. Así pude darme cuenta incluso yo, de que el estilo de las interfectas, en lo que al tango se refiere, dejaba bastante que desear. Pero igualmente era obvio que teniendo en cuenta el número de invitaciones para bailar que recibían, este estado sería, incuestionablemente, pasajero. Fue entonces cuando acuciado por las miradas intencionadas de mi pareja, que a lo largo del tiempo habían pasado de suplicantes a asesinas, y por los dos whiskies que llevaba encima, hice acopio de todo el valor de que disponía y, aprovechando que en aquel momento la pista de baile había quedado casi en penumbra, me dispuse a bailar.
En ese momento reconocí a nuestros profesores de tango entre las personas que permanecían apoyadas junto a la barra y decidí ir a saludarlos. Ellos, al vernos ir a su encuentro miraron desesperadamente a los lados buscando una vía de escape, pero como no la encontraron, se apresuraron a festejar nuestra incorporación a la gran familia de los milongueros con gran número de besos (¡por fin nos besaba alguien!), eso sí, llevándonos a un aparte para que los demás presentes, que también nos habían visto bailar, no supiesen que éramos alumnos suyos. Tras los parabienes y el inevitable “¿Y qué tal?” de rigor, me apresuré a exponerles el teorema que estaba desarrollando y que relacionaba de forma inversamente proporcional la longitud de la falda de las tangueras y la edad de las mismas; lo que, a deducir de su expresión, no les supuso ningún descubrimiento.
Tras presentar mis excusas, y para evitar mayores desgracias, decidí que mi primera experiencia como milonguero podía darse por concluida.
Gonzalo Gómez Gimeno Ilustraciones de Juan Carlos Liberti
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