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LA DELICIA DE UNA CLASE DE TANGO (Dedicado a Gonzalo Robinson, mi entrañable maestro de Tango) por Tánger Noviembre 2007 |
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Sus silencios me enamoraron irremediablemente y para siempre. Lo contemplé mientras bailaba en la primera milonga a la que asistí en Madrid. Aquella noche, en “El Conventiyo”, tuve la certeza de que sería mi maestro. Al siguiente día lo volví a encontrar en la milonga de Marcos en “La casa de Guadalajara”. Se presentó antes de terminar un tango: al pasar junto a mi se detuvo un momento dirigiéndose a mi mesa con sonrisa canalla: “Yo sólo bailo con una mujer si ella me lo pide”, me disparó a bocajarro -Sea -le contesté. Nos caímos bien desde el principio. Fue una atracción magnética. (La misma que he sentido con la mayor parte de las personas que he tenido la dicha de conocer y permanecen en mi vida engalanándola de amor). Posteriormente seguimos coincidiendo en varias pistas y me ayudó a mejorar: me enseñó el ocho cortado, el boleo “mariposa”, me relajaba la inmensa tensión que ponía en el torso y en los brazos. En breve, le solicité el honor y el placer de tenerlo como profesor. Al empezar a trabajar le rogué que me hiciese sobrevolar el tango... (Y los dos sabemos que así será). Comenzamos con clases particulares de dos horas seguidas. Se entregó totalmente en cada una de ellas y, hoy día, aunque estoy muy lejos aún de alcanzar el “Punto A”, sí es cierto que ha conseguido hacerme bailar como una diosa. Las clases están sobradas de profesionalidad y también de un gran afecto. Colmadas, como decoro, de su buen humor. Y, a veces, de cabreos, todo hay que decirlo: reacciona de manera totalmente visceral cuando le cuento lo que me hacen algunos milongueros. Siempre me dice: “Cariño, no permitas que te maltraten en la milonga. Ya me gustaría a mi ver cómo te llevan”; lo cierto es que, por su única y especial manera de sentir el tango, en la pista termino -en ocasiones- totalmente deformada como si de una metamorfosis Kafkiana se tratase.
Dos deliciosas horas en las que con los tangos de Alfredo de Ángelis me transporta a ese “Buenos aires querido”. Sus pies felinos deslizándose con extrema elegancia y sensualidad. Su cuerpo elevado sabiéndose el rey de la pista. Su particular “Ego argentino” especialmente acentuado en él por su humildísimo origen.
Y es así que este personaje ha conseguido transfigurarme cambiando hasta mi manera de andar por la calle. Ahora se ha ido dos meses y medio de vacaciones a Argentina para visitar a su familia. "Qué voy a hacer sin ti" -le dije después de nuestro ritual abrazo y nuestro afectuoso beso después de cada clase. Cuento los días hasta su regreso extrañándole en cada instante mientras las milongas están vacías sin él. Sus palabras resuenan como ecos en mi interior: “No permitas que ningún hombre te maltrate en la pista, mujer”. Vuelve el veinte de septiembre pero, si alguna vez no volviese: dentro y tras de universo, tiempo y espacio, sobrevolaría un interminable mar en busca de su entrañable y cálido abrazo. Noviembre 2007 - España Ilustraciones de Mónica Peri |
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