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A DÓNDE IRÁN LOS TANGOS QUE NO BAILAMOS (A Daniel) por Tánger Diciembre 2007 |
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De la misma manera que en la vida uno elige en ocasiones no volver el rostro al amor, en la pista, sucede lo mismo. Quiero decir: tandas por las que pasamos de largo por motivos varios o incluso sin motivo aparente. Por ello he vuelto muchas veces a casa con la tintineante pregunta, "¿A dónde irán los tangos que no bailamos?". (Hoy les invito a dejar volar la imaginación - tanguera y me respondan, o se respondan a sí mismos, a esta cuestión). Reflexionar sobre ello me puede llegar a poner sentimentalona, lo confieso. Sobre todo cuando pienso -a nivel general y no sólo en el tango- Toda esa inmensa belleza perdida en noches boreales que podrían haber sido y ya nunca serán. En portugués existe una palabra que expresa con exactitud este hecho: “Saudade”. (Fonéticamente: /saudayi/ -en acento brasileño). Hace referencia a la nostalgia. No la nostalgia de lo ocurrido, sino de todo aquello que no llegó a suceder en el pasado y ahora ya no existe posibilidad para que pueda suceder. (“Fuimos la esperanza que no llega / que no alcanza su tarde mansa”, –susurra el tango). De igual modo, como digo, ocurre cuando elegimos pasar de largo por ciertas tandas o por cierta persona en particular. Pero la ventaja de la palabra escrita es que uno puede construir cuanto desee y proyectar sueños en este apasionante papel en blanco donde se tiene el privilegio y el lujazo de “Soñar y nada más”. Como botón de prueba, observen ustedes hasta dónde se puede llegar con sólo un mínimo de imaginación desbordante:
A lo que voy. Entonces, una que es creída sin remedio, lo confieso, ante este milonguero se pregunta: "¿Y éste por qué no me invitará nunca a bailar?". A veces es cuestión de una manera determinada de sentir el tango totalmente diferente y no hay que darle más vueltas al asunto; pero otras veces una no llega a comprender la razón exacta por la que nunca ha bailado con cierta persona. Que tampoco es imprescindible ni condición “sine qua non” para nada, claro. Pero sí estarán conmigo en que a nadie le sienta mal añadir belleza a la vida. “Bref”, que dirían los franceses: que a esta milonguerita siempre le queda el anhelo de bailar con él. Lo reconozco. No obstante, el otro día llegué a una conclusión mientras Mauricio, un compañero argentino, me explicaba -paciente y amablemente- el significado de la palabra “Canchero”: -“Resumidamente hace referencia al "macho ibérico rioplatense", aclaró lúcidamente. Pues eso, que el bailarín de mis anhelos y yo somos unos cancheros. O sea: unos creídos que necesitaban su tiempo para llegar a abrazarse. En ocasiones se cruza un amable saludo -todo hay que decirlo. Anoche, por ejemplo, coincidimos en la milonga “El abrazo” y me asaltó con dos besos cuando yo andaba anotando algo en la libreta. Incluso, más tarde, me explicó el significado del lunfardo “Boludear”. Pero nada más. No hubo manera: bailó casi con todas las pebetas menos conmigo. Mientras lo contemplaba en la pista profundicé en mi desbordante imaginación llegando a la certidumbre de que nuestro abrazo sería hermoso. Fue entonces cuando me dispuse a soñar. Imaginando cómo sería nuestro tango: Elegí la melodía perfecta para los dos. El tema principal de la película “Deseando Amar”. No es un tango propiamente dicho, pero es una melodía hermosa y profunda, íntima y sobrecogedora. Entrañable. Se daba la casualidad de que, además, lucía un elegantísimo traje de chaqueta negro. Otras veces aparece, menos aristócrata y más bohemio, con una camiseta blanca de algodón. Bello en ambos casos. Pero lo cierto es que anoche iba ideal a mi traje de chaqueta negro. Era una imagen estéticamente hermosísima, cosa que también cuenta en el tango aunque lo más importante suceda en el corazón del abrazo. Y el tango soñado en la noche transcurre así: Él se acerca con sonrisa canalla y pasos decididos hasta mí. En ese momento, con el aplomo de quien se sabe elegido de siglos, extiende delicadamente su brazo hasta mi mano reincorporándome suave y pausadamente a la pista. Desde ahora, los cuerpos enfrentados en duelo-tanguero. “Les yeux dans les yeux”, estira los brazos dispuestos a abrazar con ellos el mundo. Yo, silenciosa, imito su gesto aproximando mi mano a la suya: me abandono a ella como “El salto a ciegas de un niño a la mano que lo salva de la oscuridad”. Tras el brazo derecho, inclino el izquierdo hacia sus hombros entregándole –sin reservas- mi torso. Los cuerpos, desesperados por volverse uno, se detienen unos segundos deleitándose en el encuentro. Respiración entrecortada. El deseo intenso extenuado de sí mismo: el deseo acumulado por los tangos que nunca fueron… los tangos que nunca bailamos se dan cita en este instante. “Voluntades de poder” encontradas: la fuerza arrebatadora…“L'èlan de la vie” -que dirían los franceses. Y, con todo esto en la piel y en el alma, comenzamos a acariciar el piso escuchando nuestra danza interior. Cierro los ojos y con mi brazo le estrecho sutilmente. Siente mi protección en el abrazo. Vuelvo a abrir los ojos y proyecto la mirada hacia ninguna parte. (Mirada ausente de mujer buscando desesperadamente el mar tras el asfalto de la ciudad). Todos mis sentidos están en este instante con él, y en él. Avanza seductor por la pista. La niña que hay dentro de mi le sonríe desde su lejana y muerta inocencia. Al llegar a la esquina realiza un giro y mi brazo izquierdo desciende hasta mi cintura adornando y retornando en breve a su espalda. Vuelvo hasta la línea exacta donde comienza el cuello de su chaqueta. Interrumpo para desquitarme de la levita dejándola caer a su suerte en un rincón. Reincorporo el abrazo. Él marca elegantemente unos giros: giramos andando lentamente. Muy lentamente. De nuevo envuelvo en mi abrazo su torso. Mi mano acaricia ligera y sutilmente, con ternura. Con profundo sentimiento de protección y de afecto. En ese momento la melodía de su respiración pierde totalmente el eje. Por mi parte, mi respiración también lo pierde, irremediablemente. Y justo aquí es cuando comienza el arrabal dorado: el triunfo del abrazo sobre la desgarradora soledad. Ese abrazar vida… Pasión por la vida. Ese voluptuoso pisar la tierra aferrándose a ella desbocadamente. Recorrer el terruño desde el alma: hacerle desbordar en manantiales de elegancia y extrema sensualidad. Poesía en la piel, los cuerpos se entrelazan en giros, contragiros… Se besan en cada trabada, y se huyen cual prosa de Clarín: “Mariposas que se buscan / y huyen / y que el aire envuelve en sus pliegues invisibles”. Salimos del arrabal porque más vale salir. Las reglas –implícitas- del juego - tanguero “prohíben” enamorarse, ya saben. Hasta la letra de un tango nos advierte: “Si quiere un consejo: no se enamore”. Más honesto imposible. Y el que quiera darse de bruces que se de, si así lo desea.
Terminamos la melodía en un silencio íntimo y una pose ideal al momento compartido. Y en este adiós: intentamos que nuestros cuerpos se separen sin hacerse daño al abandonarse. Como aquél tango en el que se cuenta la historia de amor de una pareja que decide, héroes de la razón, que mejor dejar las cosas como están. “Dejémoslo así”, que dirían en Colombia. Con aires de canchero cumplidor y canalla me acompaña a la mesa. Acomoda la silla al tiempo que, emocionado y en prueba de afecto, besa mi mano. Le despido en silencio… palabras silentes en mi interior. En la oceánica mirada él intuye: profundo agradecimiento desde el alma. 28 de Diciembre 2007 - España Pinturas de Estela Bartoli |
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