DESEO - TANGO en París

por Tánger Diciembre 2007

Tanger
 TANGER

Dado que no es lo mismo bailar sujeta a la pared que hacerle un buen gancho a un gabacho, me voy a París dispuesta a bailar Tango en un ambiente “la crème de la crème”. Se trata del “Bistro Latina”. Una sala terrible y cruel, triste y hermosa cual si fuese el restaurante de “El ladrón de bicicletas” -no sé si me explico.

Y es que a veces podemos contemplar y comprender la vida en una simple sala de baile. Pero a lo que voy, al maravilloso instante de belleza que aquella veraniega noche parisina me regaló: llevaba varios días visitando las salas e intentando conocer cómo “funciona” el tango en ellas. “Latina” no es mi preferida pero sí es la más malvada, luego me encanta. Aquél sábado hacía mal tiempo y empezaba a llegar toda la gente que suele ir al “quai” del Sena cuando la temperatura es agradable. Delicioso el abrazo de culturas con el mágico contraste de colores, lenguas, religiones, bolsillos y poderes.

Aunque aquellos tiempos eran mis comienzos de milonguera y aún no tenía ni idea de cosas elementales como mantener el eje o qué –“diablos coronados”- significaba el cambio de peso, tuve la grata fortuna de bailar con buenos bailarines que me enseñaron muchísimo. También yo invité a bailar a dos personas en una ocasión. (Esto no corresponde a una dama -como sabemos, pero en aquella milonga elegí no serlo). Por respeto, elegancia y discreción, me reservo el nombre de mi primera víctima. Pero sí decir que me lo presentó un amigo en común que me animó a bailar con él. El personaje es un argentino –súper-famoso, el tío- que ha triunfado entre los parisinos dejando atrás -y olvidando de un sablazo- sus orígenes humildes. Lleva, acentuadísimo, ese ego que es “el pequeño argentino” que –en menor o mayor medida- todos llevamos dentro. (No se me molesten los argentinos porque, si me conocen, sabrán que les adoro. Y más aún: si me hablan de “Vos”, directamente me derrito). El caso es que, animada por la persona que nos presenta, me dirijo al honorable profesional del tango con estas amables palabras: -Disculpe, ¿podría tener el honor de bailar con usted?; Y, sorpresa-sorpresa que, altivo, me responde como desde una nube: “Ahora después, después”. (Pobrecita de mí, les juro que me quedé planchadísima) –`No se preocupe, no quisiera en modo alguno molestarle. Después si le agrada´ –le dije. Bailó casi toda la velada, pero eso sí, sólo con quien él observó que no hacía el pato. Así que el muy “señor” dejó a esta milonguerita más colgada que un cuadro de Gardel. Eso por no comportarme como una discreta dama o, lo que es lo mismo, por imbécil. Pero la cosa no sólo depende de comportarse como una señora o elegir no hacerlo en un determinado momento, sino que la cosa depende también, en gran medida, de cómo una es tratada por un hombre. Quiero decir, si el hombre que tienes delante de ti es todo un señor o sólo un perfecto boludo sin fronteras -con perdón.

Y aquí viene el momento mágico. Uno de esos instantes que a veces la vida te regala y por los que merece la pena estar presente en el caos. Después del tropezón –nunca mejor dicho- bailé con un desenfadado francés que me contaba que estaba buscando conquistar a una mujer porque tenía el armario repleto de ropa para planchar. Hablaba español con divertidísimo acento malagueño y me dio un gran gusto escucharle decir: “Sabes, una mujer francesa jamás sentiría la pasión con la que te dice una mujer andaluza en la intimidad: `Me muero por la sangre de tus venas, mi alma´”. A pesar de mi torpeza, tuvo la paciencia de unos tangos en los que intentó enseñarme a mantener el eje sin necesidad de bailar sevillanas. Al sexto –más o menos- me comentó que me iba a presentar a alguien con quien poder seguir aprendiendo y que luego, si lo deseaba, le gustaría que volviésemos a bailar. (Y aunque los franceses no pierden la cortesía ni en el amor ni en la guerra, sé que no lo dijo tan sólo por cortesía. Que sus palabras no eran estrategia cual grito “Monsieur les anglais, tirez vous les premier”). Pero confieso que yo sí aproveché la coyuntura para preguntarle por un amigo que le acompañaba en la mesa.

Me había fijado en él la noche anterior porque se parecía –dolorosamente- a un amor y me tenía en un “Vivo sin vivir en mí”. Tenía unos cincuenta y siete años y bailó con diferentes señoras más o menos de su edad. Sabía que nunca me invitaría a bailar así que -de nuevo- mandé al diablillo el protocolo de una damisela: mi amable y encantador celestino le hizo saber a su amigo que me complacería mucho bailar con él. Al rato vuelve y me dice: “Se lo he comentado, pero siento decirte que acaba de llegar su pareja en este momento y no sé si será posible que bailéis”. Madonna mia santa!, les juro que era cierto, aquella señora que no había aparecido en todo el tiempo llegó a la sala en ese momento y además era su mujer. Le dije a su amigo que sentía en el alma si había molestado con mi indiscreción pero que acababa de ser consciente de la situación. Me fui a sentarme porque, de la vergüenza, no me mantenía en pie. Con la mayor dignidad que pude continué sentada durante un rato aprendiendo de las pebetas de la pista. No se me notaba, pero en mi interior la vergüenza trazó un rayo de tristeza. De nuevo había hecho la imbécil pero ahora tuve la certeza de haber molestado, o al menos así lo interpreté.

Y en este momento, /chan-chan/, mi adorado tanguero atraviesa la pista y con tenue voz educadísima y gesto elegante me invita a bailar. “ Bonsoir, merci beaucoup” –le dije con sonrisa de niña gratamente sorprendida. Me limité a escuchar su baile interior sin dejar de danzar el mío, recomponiendo una y otra vez el equilibrio dado que temblaba –emocionadísima– más que un flan Dhul. En el segundo –dibujándome una pirámide con las manos- me dijo: “Je danse stilo milonguero, vous debez rester sur moi comme ça”. Y yo, con todos mis respetos a su señora, obedezco. Hice gala de la prudencia y le transmití bailar un tercer y último tango para completar la tanda. Le conté después que tan sólo llevaba unos meses recibiendo alguna clase y, expresándole mi placer, le deseé buenas noches agradeciendo infinitamente que me hubiese ayudado a mejorar. Me contestó –amabilísimo- diciendo que no me preocupara, que había bailado bastante bien y que estaba seguro de que llegaría un día en que lo haría fenomenal, que era cuestión de trabajo y práctica.

Como broche dorado invitó a su mujer a bailar: sobrevolaron la sala con la entrañable inspiración de dos cuerpos apasionados. Él, desenfadado y aristócrata al mismo tiempo, introduce chulesco la mano en el bolsillo mientras avanza con pasos seductores. Ella, cual niña colmada de inocencia, le sonríe –cómplice- jugueteando en su perfil. Se lleva las manos unidas hacia atrás y, atenta, escucha el susurro de palabras no pronunciadas. Entregada a él en alma y piel se desliza por la pista dibujando sus sueños. A cada paso la esperanza. (y es en ese momento cuando una comprende que no todo es literatura y que a veces las palabras utilizan el lenguaje de los cuerpos… Aunque quizás eso también sea literatura, no lo sé). Terminan en una pose en la que los labios se besan sin llegar a tocarse bailando ochos –hacia atrás y hacia delante- dispuestos a continuar hasta el amanecer. Se dirigen a la mesa, él toma su chaqueta y, después de despedirse, se marchan tomados del brazo. enamorados. Y yo, dichosa de contemplar el espectáculo, les juro que en aquél momento hasta creí en dios. `No es posible que tanta belleza sea casualidad´ –me dije.

Afortunada de mí que ese hombre, antes de marcharse a casa, atendió mi capricho y no me dejó tirada en esa impune sala.

Y a aquella noche parisina incliné, agradecida, mis cabellos. Porque aquél hombre me hizo el regalo de comprender que un caballero siempre será un caballero en cualquier circunstancia en la que se encuentre. Y lo contrario: que un payaso hará siempre el payaso sin fronteras. Desde Argentina hasta París.

Al día siguiente me desperté ebria de alegría. Fue uno de esos días en los que soy “insoportablemente” feliz. En ese estado de éxtasis místico a lo San Juan de la Cruz, se me antoja súper-excitante “matar”. Así que me dispuse a hacerlo:

Hablé con el amigo que me había presentado al famoso personaje, (me refiero al argentino). Le pedí que - por favor- cuando volviese a verlo, le devolviese la hoja de publicidad que repartió en la que anunciaba unos cursos que iba a dar en el mes de septiembre. Detrás escribí esta nota: Puede que sea un buen bailarín, pero no es usted un caballero.

Y sobre mi adorable tanguero, decirles que volví a encontrarlo en otra sala. Coincidimos en la puerta al tomar un respiro y estuvimos hablando un rato sobre los distintos estilos de tango; me contó que habían comprado un apartamento en Buenos Aires y que por temporadas se iban varios meses para realizar cursos. (Por cierto que así yo también bordaría la perfección sublime). En ese momento llegó su mujer y tuve el grato gusto de conocerla. Varios días después regresé de las vacaciones, pero antes volví a pedirle a mi amigo que le transmitiese estas palabras:

`Señor, mi amiga ha regresado a España. Le presenta todos sus respetos y su agradecimiento por haber atendido tan amablemente su demanda´. (Según cuenta mi amigo, se alegró mucho y estaba muy conmovido. Pero ese hombre no podría imaginar la profundidad de su gesto hacia mí en aquella fría noche de verano… Cual mano extendida salvándote del abismo de la soledad… Instantes con el poder de la eternidad).

Deseo que les haya agradado, un abrazo:   

TÁNGER   

2007 Madrid - España   

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