LA ELECCIÓN DE CENICIENTA

por Graciela H. López  

Graciela H. López 

¿Es que acaso alguien sabe por qué a Cenicienta se le perdió el zapatito? Lo que cuenta la leyenda es que ella se descalzó para poder correr más rápido, porque sus zapatos eran hermosos pero de altísimo taco y muy incómodos.

Al principio, cuando el Hada Madrina transformó sus tristes harapos en ese atuendo maravilloso, le dio no sé qué despreciarlos. ¿Cómo decirle en el último momento a ella que era tan buena, tan generosa, que no le iban bien?.

No quiso pasar por desagradecida y además los zapatitos eran muy lindos. Entonces decidió aguantarse el dolor pero lucirlos. El hada quería que fuera despampanante a esa fiesta real y ella no pudo rechazar la propuesta. Se sentía una privilegiada, después de todo, no todos los días una tiene un hadita que le preste esa ropa bellísima.

Tampoco es cierto, como dicen por ahí, que debía irse a las doce en punto por ser la hora en que terminaba el hechizo. Es verdad que salió corriendo, pero fue porque no soportaba más al plomo del príncipe, hombre desabrido y soso, todo educadito para vivir dentro del palacio.

No quiso pasar por desagradecida y además los zapatitos eran muy lindos Cenicienta quería un poco de aventura, divertirse, charlar con hombres y mujeres de su edad, gente igual a ella. La fiesta era estupenda y por esas cosas de la magia del tiempo y del azar, empezó a sonar un tango maravilloso. Ella se apasionó al escucharlo y quiso bailar. Estaba intentando que la invitara un pelilargo de rostro cautivante, cuando ¡zás! el príncipe llegó hasta su mesa y la eligió. No pudo negarse, hubiera sido una descortesía. Imposible desairar a su alteza, de modo que dijo “encantada” pensando en bailar un solo tango con él y pasar rápido el momento.

Pero al instante advirtió las caras intrigadas y celosas de muchas mujeres y ahí mismito se creyó lo del buen partido, lo de ser la preferida, qué suerte que te miró el príncipe, y todas esas cosas. Entonces puso su mejor sonrisa y bailó, sintiéndose la mejor de todas, envanecida y orgullosa.

Su majestad hizo gala de una condición muy principesca, engolado y envarado, soberbio y almidonado. Cenicienta sintió que bailaba con un ropero vacío, mientras él trataba de explicarle cuan afortunada era, ya que Él la había elegido.

Le dolía la cara de tanto tener puesta la sonrisa conveniente, no sabía si llorar o reírse a carcajadas por ser tan estúpida, pero como ambas cosas eran muy mal vistas en palacio, optó por huir dejando al soberano con la palabra en la boca.

Quiso la casualidad que justo en ese momento se oyeran las campanadas de medianoche. Así nació la leyenda que no solo rescató al príncipe del agravio y la ofensa sino que lo hizo enamorar.

Ella estaba corriendo escaleras abajo y fue entonces que perdió un zapatito. Hay que recordar que también se había sacado el otro ¿a quién se le puede ocurrir que una mujer que corre con tacos altos, si pierde uno solo, no se da cuenta?

Sin saber, Cenicienta había cometido la acción más eficaz para seducir al príncipe: marcharse, desaparecer, dejando apenas su perfume.Fascinada con tanta pompa y tanto lujo, se tentó de nuevo, como una chorlita. Se calzó el zapatito y volvió a sonreír, ante el aplauso de vecinos, parientes y comedidos.

¡Oh! ¡Cómo la añoró él! ¡Cómo soñó con ella! Soñó tanto, que se olvidó de cómo era en realidad. Después de todo la había visto solo un rato.

Cuando al día siguiente los hombres del rey llegaron con príncipe y zapatito hasta su casa, a nuestra Cenicienta otra vez la vanidad le jugó una mala pasada. Fascinada con tanta pompa y tanto lujo, se tentó de nuevo, como una chorlita. Se calzó el zapatito y volvió a sonreír, ante el aplauso de vecinos, parientes y comedidos.

Hubo un júbilo general. La gente estaba encantada, la miraban felices, con miradas húmedas de emoción. En medio del alboroto escuchó frases al pasar: “la horma de tu zapato”, “que seas muy feliz”, “encontraste a tu príncipe azul”.

El príncipe sonreía magníficamente, aceptando los halagos, sin mirarla casi ni una vez. Cenicienta tembló. Buscó con la mirada al Hada Madrina pero no la encontró. Quería pedirle que deshiciera todo ¿quién puede querer a un hombre siempre príncipe y siempre azul?

Convencida de que no podría rechazar el real ofrecimiento sin despertar la indignación general, subió al coche real con una tímida sonrisa. Él partió raudamente, sin preguntarle nada. Cenicienta decidió que la velocidad no le gustaba y le daba vértigo.

La versión oficial cuenta que fueron al palacio y que allí reinaron felices y siempre sonrientes. Pero hay, en cambio, quienes señalan que las cosas fueron distintas. Ella quiso pedir disculpas, explicarle la terrible equivocación, su confusión y su necedad. Quiso hacerse perdonar su arrogancia, alegar su ceguera, pero no pudo porque su noble consorte no la escuchaba. Pasaba el tiempo muy satisfecho haciendo planes para el futuro y mirándose al espejo. 

En cambio acepta la de todos los demás, hombres blancos, o negros. Hombres que a veces pueden ponerse morados de bronca o rojos de pasión. Pero nunca azules. Ella decidió irse despacito, ya no hacía falta correr, llevándose su ropa y sus zapatos. Esta vez tuvo buen cuidado de no dejar ninguno tirado.

Lo dejó contento, soñando con su princesa, mientras se decía a sí misma “te lo tenés merecido”.

Desde esa vez Cenicienta decidió volver cuantas veces quiso a esas bellas fiestas donde suena el tango, y que la gente llama “milongas”.

Baila muy bien y con gusto. Pero rechaza amablemente las promesas deslumbrantes y las invitaciones principescas.

En cambio acepta la de todos los demás, hombres blancos, o negros. Hombres que a veces pueden ponerse morados de bronca o rojos de pasión. Pero nunca azules.

Graciela H. López

Extraído del libro "Mariposas en la Pista"

Fotografía: Luis Parra

Pinturas: Isabel Carafi

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