Mi primera milonga… sobre ruedas.

 

por Gonzalo Gómez Gimeno, agosto de 2008.

Gonzalo Gómez Gimeno
 Gonzalo Gómez Gimeno

De acuerdo con lo previsto, este artículo iba a versar sobre mi primera milonga en Buenos Aires. Sin embargo como el destino tenía otros planes, resulta que a una arteria microscópica que riega la Duramadre de un servidor le dio por entrar en trasvase con una vena de al lado, y al dejar de regar lo que debía de regar, una parte de la médula se inflamó produciendo un infarto medular.

Las buenas noticias fueron que como el suceso se produjo en la sala de Urgencias de un gran hospital, a donde había acudido por algún extraño síntoma precedente, el interés que suscitó un caso tan poco frecuente como ése compensó la falta de medios que está produciendo la voladura, supuestamente controlada, de la Sanidad Pública que con tanto empeño realiza la Señora Aguirre en Madrid. Así, los magníficos profesionales de la institución consiguieron dar con la causa del mal en tan sólo 20 horas y operarme y erradicar el origen del problema en las 4 horas siguientes. Las malas noticias fueron que la lesión medular ya se había producido y como consecuencia había quedado paralítico de la cintura para abajo.

A resultas de aquello he acabado en un centro especializado donde aparte de la rehabilitación quedan pocas cosas para hacer. Sin embargo lo cierto es que el gimnasio, de unas dimensiones considerables -y sólo parcialmente usado durante las tardes-, que además posee un estupendo equipo de sonido ambiente, parecía estar pidiendo a gritos que se le utilizara para un guateque. No hace falta explicar que en un centro hospitalario donde un 15% de la población está en cama, un 82% en silla de ruedas, y los pocos restantes con bastones ingleses, el baile no es la afición más destacada, Pero pese a todo yo me dije que si nadie lo había intentado antes ¿como sabíamos que no era posible?. Por ello decidí montar una milonga.

Pese a lo chusco de la situación conseguí que una cierta cantidad de gente se apuntara y así, una tarde, ni cortos ni perezosos nos dispusimos a pelearnos con el 2X4 como buenamente pudiéramos. En todo caso y para animar, se explicaba en la convocatoria distribuida por todo el hospital, que yo impartiría las clases necesarias para los no avezados en esto del baile. Esto es algo que jamás me hubiera atrevido a hacer en otras circunstancias pero como ninguno de los que allí estaba me había visto bailar antes, supuse que ello no los disuadiría de asistir.

El comienzo fue fácil ya que consistió en un breve discurso de introducción a esto del tango y a cómo había que sentirlo y bailarlo, haciendo hincapié en que lo importante no son los pasos sino la figura, el sentimiento, la forma de expresarse con el movimiento e incluso de vestirse, ya que el chándal que constituye el uniforme típico del centro, no resulta muy milonguero.

Como ya me estaba imaginando, la cosa se complicó bastante al llegar al abrazo. De entrada comenzamos con los que iban en silla que éramos mayoría y enseguida comprendimos que poner una silla enfrente de otra no funcionaba ya que con la separación a que obligan los reposa-pies lo más que conseguíamos unir era la punta de los dedos de las manos de los bailarines. Como el poner una silla detrás de la otra no tenía sentido ya que queríamos bailar tango y no la conga, encontramos como única solución el poner las sillas de lado, la una junto a la otra y en direcciones opuestas.

A partir de ahí, si cada bailarín ponía la mano derecha en su rueda derecha –o en el mando si la silla era eléctrica- y disociaba -como es preceptivo en tango-, con la otra mano podía enlazar el talle de su pareja si ambos se inclinaban lo suficiente –la chica podía optar por el hombro de él que resultaba más comedido-. Por supuesto no había más que una mano de cada uno en el abrazo pero con la otra utilizada para desplazarse no había muchas alternativas. Por otro lado, al avanzar el chico adelante y retroceder la chica atrás con una sola mano, las sillas se empujaban mutuamente dando una fuerza resultante que desplazaba al conjunto en línea más o menos recta. Los problemas se suscitaban si los chicos impulsaban más fuerte y venciendo la oposición de la otra silla, la suya empezaba a realizar un círculo alrededor de la de la chica, pero vimos que si en ese momento ella frenaba su rueda, se producía un perfecto rodeo del hombre alrededor de ella como eje. Y lo mismo funcionaba cambiando los papeles: Acabábamos de descubrir los giros.

Al final todo dependía de compensar fuerzas e impulsos y de interpretar el movimiento del que guiaba, o sea…. como en el tango de verdad.

Pese a todo, aún nos encontramos con otro impedimento: aquellos bailarines que usaban sonda permanente –que eran varios- llevaban el tubo de salida de la orina, desde su cintura y por el lateral –por detrás de la rueda-, hacia la parte de atrás del respaldo de la silla donde se cuelga la bolsa. El riesgo era que al juntarse las ruedas de las dos sillas y con aquello de la disociación y el frenesí milonguero, el tubo se enrollara en los salientes de la rueda del contrario o se pellizcara entre ambas causando un estropicio. Para evitar sucesos, se conminó a todos los interesados a que desplazaran el tubo hacia el lado derecho de la silla donde no podía tropezar con la pareja. Y salvo alguna chica más recatada que prefirió hacerlo en el baño, los demás lo solucionaron en un momento.

Zanjado este tema nos pusimos a ver cómo hacerlo con los que llevaban andadores ya que como personas que ya se levantaban, deseaban bailar de pie. La solución nos vino al darnos cuenta de que lo mejor era poner la mano derecha de cada uno en el manillar del otro y abrazar a la pareja con la izquierda. Así el hombre impulsaba hacia atrás el andador de la chica que con la inercia se veía obligada a retroceder sujeta al varón y desplazando el andador de él.

La cosa hubiera funcionado si no fuera porque la única chica en esta situación aún no era capaz de mover los pies hacia atrás. La solución tuvo que ser que, aunque el hombre guiara, él debía desplazarse hacia atrás y ella adelante. Como ella era más alta que uno de los dos chicos en andadores y más baja que el otro, decidimos que para evitar accidentes en la pista y no ser arrollados por las sillas, lo mejor era que al menos al principio, bailara con el más bajo –para poder ver por encima de su hombro hacia donde se dirigían-. El otro chico, demostrando un espíritu deportivo encomiable aceptó caballerosamente la solución y salió disparado a su habitación para cambiarse a la silla ya que como decía, él no se quedaba sin bailar.

Llegados a este punto y al ver que se avecinaba la hora de la cena y de que llamados por la música o por el trajín de los que habían salido y entrado de nuevo corriendo la voz, se había congregado una respetable cantidad de gente mirando, tomé el micrófono y advertí de que la milonga propiamente dicha iba a comenzar. Las chicas debían situarse todas a un lado de la pista y los chicos en la contraria de forma que al iniciarse la música del disco que iba a poner, los varones cruzaran el espacio que los separaba e invitasen a su elegida a bailar. Al hacerlo así, y como pasa siempre, se estableció una auténtica carrera de sillas para acercarse primero a las hembras más atractivas. El único incidente vino de parte de un tetrapléjico recién llegado que con silla eléctrica que dirigía con el mentón, quería bailar con una chica parapléjica que usaba silla manual y ella se negaba al ver que aquello no era posible, lo que provocó una reacción algo airada del caballero. Por fin, ayudado por una de las fisoterapeutas que se había acercado al gimnasio a mirar, logramos convencer al sujeto en cuestión de que el próximo día dedicaríamos una sesión especial a los “tetras” para que también ellos pudieran incorporarse al evento. De este modo se restableció la calma.

Por fin, viendo que el tiempo avanzaba inexorable y de que entre unas historias y otras yo no me había comido todavía un colín en esto del baile, avizoré la sala en busca de un objetivo y así fue como descubrí que ELLA estaba sola.

Ella era Lola y resultaba ser la chica más codiciada del hospital fundamentalmente por dos razones: La primera porque tenía una muy notable talla de sujetador que apretaba su bien provisto contenido contra una camiseta más bien raída que solía llevar y que ostentaba un letrero que decía “Manejar con cuidado”. La segunda porque era de las pocas personas del centro que no estaba allí por accidente o enfermedad, sino por intento de suicidio con poco convencimiento. El intento de suicidio no dejaba lugar a dudas, ya que se había tirado por un balcón; sin embargo lo del poco convencimiento tampoco, ya que lo había hecho desde un primero. El resultado evidente había sido que no había conseguido matarse pero había conseguido romperse la crisma, zona de nuestro cuerpo que como yo para entonces había aprendido se sitúa aproximadamente a la altura de la C5 (quinta cervical). El caso es que la única persona del centro que no sabía lo sucedido era ella, ya que, del trompazo, sufría amnesia relativa a todo lo relacionado con el momento del trauma y estaba convencida de que si estaba allí era por que la había arrollado algún hijo de mala madre mientras cruzaba por un paso de cebra, como a tantos otros que por allí había. El caso es que esta conjunción de impulsos suicidas, amnesia y buenas tetas la convertían en la hembra con más glamour del Centro.

Como decía, aprovechando la extraordinaria tesitura de que estuviera sola me dirigí hacia ella para invitarla a bailar –al fin y al cabo yo era el causante de todo aquello y de algo debía de valerme- y cuando sorteaba las sillas de los bailarines en el centro de la pista vi que con ventaja sobrada sobre mí se le aproximaba EL.

EL era el elemento masculino más odiado por los otros elementos masculinos –y bastantes femeninos- del lugar y en mi opinión con razón. En primer lugar no sólo era más alto y más agraciado que yo sino que encima era más joven. Además, y por si eso no fuera bastante, andaba y con sólo un bastón. Por último era el tío más arrogante y prepotente que imaginarse pueda. Como ejemplo bastaba observar su atuendo: llevaba una camiseta ceñida para que se notara su trabajo en las espalderas y el desarrollo de los bíceps propiciado por el uso continuado de bastones. Además, llevaba un pantalón de media pierna con el talle lo bastante bajo como para que le asomaran los gayumbos por la cintura y con el corte lo bastante alto como para que le asomara el final de una bolsa de orina de pierna por abajo. Esto para los que estábamos allí era un mensaje claro: si llevaba boxers es que había recuperado el funcionamiento del intestino y el control del esfínter. La bolsa de pierna indicaba que llevaba un colector, es decir había recuperado la vejiga y estaba empezando a manejar la uretra aunque sólo parcialmente, En otras palabras se encontraba en la penúltima fase de recuperación de sus partes internas, algo que muy pocos consiguen. Esto era suficiente como para canalizar hacia él la ira de la mayor parte de la concurrencia: esta bien que haya personas en mejor estado que tú pero a nadie le gusta que se lo restrieguen por la cara.

Sin embargo, aunque él llegó primero el resultado no fue el que él esperaba. De repente, y tras unas palabras con la chica, descubrió que con un bastón y de pie no se puede bailar con alguien en silla de ruedas. Su desencanto se hizo más evidente cuando tras una desesperada mirada alrededor descubrió que la única chica de pie –fuera de las del personal y familiares de visita, que nos miraban- era la de los andadores, quien a todas luces había encontrado el tranquillo a aquello con su pareja y no tenía mucho aspecto de desear cambiarla. Aquello me hizo recobrar la fe en la justicia divina y me hizo recordar, cuando el buen hombre se retiraba cabizbajo, que le había sorprendido un par de veces entrando de forma más o menos disimulada en la Unidad de Terapia Sexual lo que me había hecho sospechar que no todo se le había recuperado con la misma velocidad que aquello de lo que él presumía.

Por fin, libre de impedimentos logré sacar a Lola a bailar aunque, tras el primer tango –el de conocerse- le tuve que pedir que me acompañara a poner la Comparsita –no la iba a dejar otra vez sola esperando, por si acaso- ya que dada la hora había que poner fin a la milonga. Así, a la avanzada hora de las ocho y diez de la tarde y tras citar a todo el mundo para la semana siguiente, se cerró el baile y todos salimos disparados a nuestros comedores donde la cena debía de llevar ya rato esperando.

Tras el acontecimiento, estuve recabando opiniones para saber la acogida que había tenido el evento y debo reconocer que los resultados fueron bastante deprimentes. Los comentarios oscilaban entre los más condescendientes “¡Qué espectáculo más penoso!” a los más feroces: “Vaya esperpento.¡Intentando bailar en silla de ruedas!”. Cierto que los peores provenían de familiares de enfermos, personas que ni estaban enfermas ni sabían bailar, pero no por ello resultaban menos dolorosas. Tanto es así que, tras escucharlas, y pese a que la cita para la siguiente semana ya existía, decidí suprimirla y dejar las cosas como estaban. Sin embargo, como uno es muy orgulloso para sus cosas y dado que me acordaba del “tetra” al que había prometido una oportunidad, decidí finalmente mantener la milonga y tomar la decisión tras ver qué sucedía. Por ello, a la semana siguiente y a las seis en punto como proclamaba la convocatoria, me persone en el gimnasio grande con mi música.

Al cabo de diez minutos la cosa parecía bastante clara: no había aparecido nadie.

Sin embargo, justo cuando ya me retiraba, oí un murmullo por la puerta de entrada y note que un numeroso grupo de personas entraba en el gimnasio precedido por tres chicas capitaneadas por Lola que lucía una sonrisa tan esplendorosa como si acabara de volverle la regla. Al acercarme lo primero que observé es que había cambiado su vestuario: en lugar de la camiseta del “Manejar con cuidado” llevaba un top negro ceñido con un escote que daba gloria verlo y cuyo balanceo denotaba bien a las claras que allí no había trampa ni cartón –es decir silicona-. Igualmente portaba una falda negra de raso que le ajustaba con el top, no el típico pantalón de chándal que llevaban todas las chicas, con el tiro tan corto que cada vez que, en el gimnasio, se agachaban en algún movimiento sobre las colchonetas, enseñaban casi en su plenitud la ropa interior –es decir los dodotis-. Además, al lucir sus piernas se veía que sobre las preceptivas medias anti-trombos llevaba puestas unas medias negras de rejilla que subían por la parte del muslo que, una bien diseñada abertura en la falda, dejaba ver hasta el comienzo de una elegante liga roja de encaje.

Al ver aquello y darme cuenta de que las otras dos chicas venían ataviadas de igual guisa –de ahí el aluvión de tíos que las seguían detrás- y de que ya se estaban acercando curiosos de todo el Centro para ver qué pasaba, me di cuenta de que la semilla había arraigado.

Este iba a ser un largo verano pero todo iba a ir...sobre ruedas.

Gonzalo Gómez Gimeno, Agosto de 2008,

Hospital Nacional de Parapléjicos - Toledo - España.

Ilustraciones de Jacqueline Klein Texier

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