EL TRAZO

por Enite, enero 2008.

Enite
Enite

Mario nunca encontraba el momento de irse a la cama, le gustaba la noche, sus ojos parecían agrandarse cuando se acercaba la hora bruja, siempre tenía una excusa para no ir a dormir temprano... ¡ahora no mamá! que en Radio Belgrano suena mi tango favorito...Dale!!!Mario!!! vete a la cama hijo!!! mañana tenés que levantarte pronto, dale! hijo, dale!... pero él seguía en el salón, jugando con unas maderitas entre sus manos, las tallaba con un cuchillo que apenas cortaba, tenía la punta redondeada y se lo dejaba su madre, para que no se hiciera daño, aún así y lo costoso de la faena, el se esmeraba, era persistente y tenaz, nunca abandonaba una idea si el creía fervientemente en ella, su madre que ya no sabía como convencerlo, pero que era una mujer de muchos recursos, esa noche pensó algo fantástico, era una de esas noches en la que la conjunción de los planetas, hace que provoque una incesante lluvia de estrellas, y con una voz dulce y melosa, pero convincente, le dijo de nuevo:

¡No te imaginás, lo bonita que está tu habitación! ¡la adorné con estrellas para ti! se encuentran todas, incluso las que más se resistían y una enorme luna que hoy disfrutaremos, llenó tu habitación con su luz, ven Mario ¡mira!.

El no pudo resistirse a algo así, Mario amaba la vida ya desde pequeño y gustaba llenarse de todas las cosas bellas de este mundo, como si quisiera beberse la vida a sorbos, para saborearla en toda su plenitud, fue corriendo seguido de su perra Dana que jamás se apartaba de él.

Nunca vio nada tan hermoso, ¡mami! ¿Cómo lo hiciste? le dijo siguiendo el juego a su madre, verás, ponte en la camita y te contaré un cuento, que sólo puede contarse en una noche como esta.

Mario se puso en la cama y su madre se sentó a su lado, la ventana estaba al frente, ¡era espectacular ese paisaje de universo!, su madre sabía la debilidad de Mario por el tema de MI REFUGIO, así que tenía una cajita de música que lo tocaba, le dió cuerda y la puso, y así empezó el cuento.

Enite

EL TRAZO.

Noche de estrellas fugaces y luna de cara redonda, a través de la pequeña ventana inclinada de la buhardilla, este paisaje de universo se traslucía en el cuartito azul, así le pusieron los dueños que albergaron sus paredes, amantes del tango, de sentir la vida desde su música y de haber sido amamantados ya desde su cuna, entre nanas de Malena y Sur.

Allí sólo quedaban recuerdos, por el piso de madera ajada por el tiempo, un pequeño ratoncito corría de un lado a otro, los viejos zapatos de cordones eran su juego favorito, ya sólo quedaban hilos y flecos y por uno de los agujeros de su puntera, podía verse su hocico de vez en cuando.

Cerca de la casa y a la misma hora, el viejo tren hacia sonar su sirena, ese era el momento mágico en el que el cuarto volvía a cobrar vida. El traqueteo parecía mover toda la casa, como si la vía pasara por el medio de la habitación.

Las estanterías llenas de reminiscencias, mostraban parte de toda una vida, el bandoneón de juguete, con la vibración del momento, tocaba todas las noches Mi Refugio, la música que contenía dentro, el kaleidoscopio rodaba de un lado a otro, dibujando en sus paredes miles de colores cuarteados, como si fueran las cristaleras de la confitería LAS VIOLETAS…

Érase una vez…aquí empieza la historia, separados por varios libros y cuadernos de partituras, estaba Brando el muñeco porteño, ataviado con su ropita de auténtico milonguero y más allá, pero al alcance de sus ojos, la rubia Mireia.

Mireia perdió sus piernas en un forcejeo inconsciente de la infancia de su dueña, pero seguía siendo preciosa, sus rizos rubios de nylon, sus grandes ojos azules, tan abiertos como queriendo acapararlo todo, su pañuelito rojo atado al cuello, y su vestido negro de raso, en el que sólo quedaban algunos de los abalorios que en su día lo adornaron.

Debajo de las estanterías, una enorme mesa de madera parecía invitar a bailar, como las tarimas de los grandes escenarios, justo en ese momento la luna la iluminaba, formando un gran círculo como los auténticos focos, era una invitación, un reto, sin saber como sucedió, Brando se encontró de pronto en medio del haz de luz, a él le faltó tiempo para tender sus brazos a Mireia e invitarle a bailar, ella con la mirada le decía, yo no puedo bailar,¡ si puedes!, las diferencias sólo existen ante los ojos de los demás, yo seré tus piernas y tu serás mis brazos, con un solo corazón nos basta, se encontraron uno frente al otro, una lágrima corría por su mejilla y al deslizarse en medio de los dos, sus almas cobraron vida.

Los dos abrazados adquirieron la magia de una peonza en forma de corazón, Brando le apartó los rizos de la frente, le gustaba ver sus grandes ojos, sus pestañas pintadas en la piel y sus pequitas salpicadas por toda su cara. Bailaban por encima de la mesa de un lado a otro, dibujando trazos, la luna enfocaba sobre ellos, y el bandoneón de juguete tocaba Mi Refugio sin parar, el entusiasmo de su música aumentaba con la noche, como si quisiera grabar ese momento para siempre, bailaron hasta fundirse y desaparecer.

El día empezaba a despuntar, la luna dejó paso al sol, no sé en que momento cayeron al suelo y dejaron de ser ellos, para convertirse en un enorme corazón dibujado sobre la tarima.

Con el paso del tiempo y en las herencias perdidas de casas abandonadas, los grandes animales de hierro, salvajes y voraces, hicieron su aparición, empujaron la casa y la plegaron en montones de madera, como si fuera un recortable, pero desde las entrañas de la tierra, volvió a sonar de nuevo Mi Refugio, como una voz potente haciéndose oír, el pequeño bandoneón de juguete, sonaba incansable, inagotable, como si no pudiera parar y los sonidos se evaporaban por el bosque, impregnando las ramas de notas, de soles y de compases de 2x4.

Y en los días de viento, cuando la brisa arrulla el bosque y hace que sus hojas revoloteen en misterio, Mi Refugio seguía sonando en el aire, transportándolo a todos los rincones, haciéndoles sentir, tintineando, tropezando con las copas de los Cedros y las Araucarias y elevando a lo más alto, hasta las estrellas, el recuerdo impregnado del alma del tango, que todavía aún ahora rezuma de ese enorme corazón.

Enite

Al terminar de contarle la historia "Dodi" que así lo llamaba su madre cariñosamente, (siendo para ella el nene más diquero de todos), él trataba de disimular su emoción, su madre se acercó a su carita y le dió un beso muy dulce, y al rozarlo con sus labios lo notó saladito, porque una lágrima se deslizó dentro de ellos, Dodi disimuló, no quería que su madre se diera cuenta, pero ella le toco la carita y le dijo:

Hijo, los sentimientos seas hombre o mujer, son el reflejo de nuestro corazón, es bueno sentir emociones, eso forma parte del amor que procesamos a los demás, del amor por las cosas bellas, por la vida y eso nos hace humanos y fuertes al tiempo.

Su madre sabía entenderlo mejor que nadie, los ojos le iban venciendo y la cabeza de Dana, seguía bajo su mano, dándole topaditas para que supiera que estaba a su lado y allí seguiría.

Finalmente Dodi se durmió, arropado por las estrellas y con el manto de la luna cubriéndole los pies, MI REFUGIO lo arrullaba como una nana, rodeado de amor y ternura, y así entre el sueño más hermoso y el calor del amor, Dodi se dejó llevar al país de la imaginación.

Buenas noches DODI, que tengas felices sueños.

Enite, enero 2008, Zaragoza - España.

 

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