Cátulo Castillo, Poeta del Color y la Nostalgia.

Las Orquestas, los Intérpretes.

por Ricardo Ancarola Noviembre 2009

Ricardo Ancarola
Ricardo Ancarola


...recordaré tu nombre y tu mirada pura,
tu oleada de ternura, mi viejo Catulín!

Del tango “A Cátulo Castillo”, letra y música de Eladia Blázquez.

La última curda, un tango tardío de Cátulo Castillo, de 1956 cuando el autor ya había escrito lo más suculento de su abundante producción, es un tango no bailado. Ello es así porque las versiones más destacadas y más escuchadas, la de Edmundo Rivero en 1956 y la de Roberto Goyeneche de 1964, ambas con la orquesta de Aníbal Troilo así como la de Susana Rinaldi, que se grabó en vivo en su debut en el Teatro Odeón de Buenos Aires, todas ellas pertenecen a una época de cierta declinación del tango bailado.

Pero además de las fechas de esas grabaciones, sin dudas ha influído la apabullante personalidad de estos vocalistas que aprovecharon las características de un tango para ser dicho, para no dejar pasar un verso, ni una palabra sin recrearse en la modulación y en la carga dramática.

Cada uno a su manera dejaron su impronta inolvidable que permanece en el recuerdo y también en la imaginación de quienes los volvemos a oír cada vez con nuevos matices evocadores. Se trata de obras inolvidables que ganan con el tiempo.

Goyeneche cantó una y mil veces este tango duro y ardiente y hasta cuando casi ya no tenía voz seguía provocando la admiración del oyente. Como oyendo un fado porteño, que se gana el silencio y la admiración, contenemos el aliento y dejamos que la tropilla de la zurda se apodere de nosotros.

El poeta impresionista que fue Cátulo Castillo (Ovidio Catulo González Castillo) nació en 1906 y vivió en Buenos Aires hasta 1975, habiendo sido su vida un itinerario de profesiones diversas y luchas interminables. Fue compositor de músicas inolvidables como Organito de la tarde, que escuchamos en la milonga frecuentemente, Caminito del taller, y el delicioso Silbando. Porque Cátulo perteneció a esa especie infrecuente que alterna la composición musical y la poesía, como Discépolo, y como muy pocos que fueron capaces de hacerlo y hacerlo bien.

Lideró y trabajó afanosamente en la sociedad de autores y compositores SADAIC, hasta el día de su muerte, a pesar de haber sido maltratado por gobiernos militares que lo prohibieron y le negaron el cobro de sus derechos de autor por haber sido un disidente.

Bonachón y gordito lo recuerdo en los años 60 y 70, pero había sido boxeador olímpico y campeón amateur de los pesos pluma. Periodista, autor y crítico teatral, escritor agudo, después de otros oficios más modestos.

La extensísima obra de Cátulo no nos permite ni siquiera su enumeración más o menos completa. Como letrista hizo verdaderas parejas ilustres con compositores diversos.

La última curda, Desencuentro y Patio mío con Troilo; La calesita y El patio de la morocha con Mariano Mores; el vals Caserón de tejas y Tinta roja con Sebastián Piana y tantos otros de los que quiero recordar sólo algunos versos.

Decía que Cátulo es un poeta impresionista, poeta del color, del humo, de la niebla tanto como de la nostalgia por lo perdido, la melancolía del que está de olvido, siempre gris, tras el alcohol...

Un tango poco elogiado de Cátulo, una obra menor es La madrugada (1944), con la música de Ángel Mafia. Tango de bailarín que inmortalizó D’Arienzo. Allí con dos pinceladas transmite el estado de ánimo del noctámbulo que camina creemos, por el Bajo esa zona húmeda de BsAs. cercana al río:


Rueda la pena de un tranvía, que solitario viste de azul melancolía...
Y un fantasma de neblina envuelve de fina penumbra el café...
Llora la noche en su agonía. ¿Qué busco? ¿Dónde voy? No sé... No sé...

Los matices en color y la bruma del blanco y negro también están en María, tango sobrio, sentimental, íntimo.


...El otoño te trajo mojando de agonía, tu sombrerito pobre y el tapado marrón,
Eras como la calle de la melancolía, que llovía, llovía sobre mi corazón...

Pero en Una canción es donde asoma el Cátulo potente, que vuelve a mezclar el alcohol con la desventura pero con palabras firmes le habla al amor:


A ver mujer, repite tu canción con esa voz gangosa de metal! Que tiene olor a ron...
Una canción! Que me quite la tristeza, que me duerma, que me aturda
Y en el frío de esta mesa vos y yo ¡los dos en curda!

Desencuentro es un tango discepoliano (nos evoca, me lo parece, al célebre Cambalache) con desgarro y humor negro pero en un estilo, rima y métrica superior, según lo veo:


...Quisiste con ternura, y el amor te devoró de atrás hasta el riñón.
Se rieron de tu abrazo y ahí nomás te hundieron con rencor todo el arpón...
...Por eso en tu total fracaso de vivir ni el tiro del final te va a salir.

En A Homero, a la muerte de Manzi, nos dice de su dolor parafraseando las letras de los tangos del gran autor de Sur, contemporáneo suyo:


...Y estaba el terraplén y todo el cielo, la esquina del zanjón, la casa azul,
todo se fue trepando su misterio por los repechos de tu barrio sur.

Y para terminar esta breve reseña, los delicados versos del vals Caserón de tejas en el que recuerda su infancia junto a su hermana y a su abuelo:


¡Revivió! ¡Revivió! En las voces dormidas del piano
y al conjuro sutil de tu mano, el faldón del abuelo vendrá...
¡Llamalo! ¡Lamalo! Viviremos el cuento lejano
que en aquel caserón de Belgrano
venciendo al arcano nos llama mamá...

Un poeta de muchos registros, un clásico este Cátulo Castillo.

Ricardo Ancarola

Publicado por la revista de veraTANGO.

Valencia (Comunidad Valenciana - España)

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