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CRÓNICA DE TANGO ROMA 19 DE OCTUBRE DE 2007 por Amparo López |
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Es viernes noche, son las 22h 30m. estoy llegando a Via Assisi 33, la milonga que me espera se llama “Cascabelito” y ese sonoro nombre resuena en mis tacones cuando me acerco a la entrada. El lugar asemeja un gran garaje abandonado, atravieso el patio donde hay unos cuantos coches aparcados y girando a la derecha encuentro la entrada. Me inscribo como socia…, esa costumbre tan de milonga romana, pago 8 euros por participar en el sueño de una noche de tango, sin consumición…, y me siento a cambiarme los zapatos. Suenan los tangos viejos y clásicos, conocidos y no tanto, incluso algunos que no escuché jamás, a pesar de mi larga trayectoria tanguera. Los graves retumban y el musicalizador toca teclas y camina entre las mesas hasta que sale un sonido ajustado por los altavoces. La pista está vacía, aún, poco a poco van llegando los bailarines, hay muchas mesas reservadas, me siento en un rincón entrando a la derecha. Desde aquí veo toda la sala a través de un enorme espejo que cubre la pared de enfrente.
Llega un viejo amigo, conocido bailarín de tango, experto y buen director en el abrazo y en los giros, suave y firme con sus marcas, bailamos varias tandas, la pista aún está practicable, caminamos a ritmo de tango y nuestros brazos rodean esa unidad que somos los dos moviéndonos al unísono y felices. Pienso y casi es más, siento, que esto del tango es una droga y un placer que me arrastra y disfruto con una sonrisa en los labios y la respiración amplia. Llegan los valses y mi corazón se expande en las vueltas, me dejo guiar, con los ojos cerrados y continúo deleitándome y viviendo la belleza del momento. Descanso un poco, mi viejo amigo, bailarín infatigable, va en busca de otra dama y yo me abanico relajada. Observo a las parejas y confirmo que aquí hay un alto nivel de baile. Pasan los tangos, las milongas y los valses, me sacan a bailar y me doy cuenta de lo diferente que son unos hombres de otros en su estilo y en su interpretar la música. Un desconocido me marca con garbo y mantiene su paso al ritmo de la orquesta, yo le escucho, le sigo, le entiendo y me acoplo, recuerdo los consejos de una buena maestra cuando, en clase, nos decía que hay que seguir al hombre, entenderle y hacerle el movimiento fácil y fluido. Entonces comprendo porque son todos ellos tan distintos y tan suyos, tan seguros de sí mismos… aquí en “Cascabelito” las milongueras esbeltas y elegantes, los abrazan, siguen las marcas del hombre y disfrutan de ese sensual encuentro rítmico, entregadas al momento, abandonadas al sentir y a las sensaciones, contentas y confiadas. Un espontáneo sube a la cabina de la música, agarra el micro y tararea con energía un viejo tango, ¡qué valor!... la milonga se para y los bailarines nos detenemos a escuchar… Yo estoy estupefacta, estos italianos, confirmo de nuevo, no tienen sentido del ridículo, y aquí los romanos son los nietos de los emperadores… Esto en mi Madrid es impensable e imposible, … sonrío recordando los tímidos tarareos de nuestro querido Pablo Ojeda, en alguna ocasión…
Llegan las 2h. 30m. y se acaba la milonga, saludo y me despido, doy mi enhorabuena al dj. Verdaderamente se ha ganado el sueldo y ha pasado algunos viejos tangos cantados muy poco conocidos y muy bailables… sabe su oficio. Vuelvo a casa contenta, cansada y feliz me entrego a bellos sueños mecida por la música de un tango. Roma - Octubre 2007 |
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