EL MALEVO SIBILIO

por Toni Barber  

 

Llevame a tu milonga y demostrame si realmente merecés puntuación. Como una mano semitransparente que pretende abarcar a toda la ciudad, la garúa se extiende por el puerto. La noche despliega su manto de sombras sólo quebradas por la media luna, que decreciendo se pintaba en ese cielo limpio de estrellas. La sirena de un barco lejano desgarró el silencio de la soledad y el "Malevo Sibilio", apoyado en un farol, sin mover la cabeza ladeó sus ojos y como de reojo la vio en la penumbra. 

Dicen que dicen que era una mina, de curvas delicadas. Sus ojos brunos resaltaban rasgados en la blancura mortecina de su cara. Su pelo liso, a lo "garçonier", le daba un aire de juventud picara, que le dejaba jugar entre la inocencia y la madurez. En su barrio, ni se acuerdan, cuando aquella niña hermosa se fue con aquel bacán. Esa que ahora es conocida en los piringundines como Monic.

Se acerca sigilosamente, contorneando su figura, en una danza de cortejo que no pasa desapercibida para el "Malevo Sibilio", en guardia y a la espera de que el piqueteo de esos finos tacos aparezca entre las cortinas de niebla de la noche portuaria. Mientras, ajusta su blanco plastrón en el cuello con elegancia.

- Che, pebeta, ¿qué buscás? - advirtió el malevo.

- De machos me sobran. Pero hombres, siempre faltarán. - le respondió con coquetería, alisándose el pelo, Monic.

- Santa Madonna, flor de reto. Más compañera no busco, sino milonguera polenta que sepa escuchar el canto de mi caminar. En Lo de la Polaca, tengo fama reconocida de ser tanguero pierna y me mentan en los bailes de la ciudad. Soy Sibilio Ricardi, al que llaman El Malevo. De oficio: tu satisfacción.

- Mi nombre es Monic y soy difícil de satisfacer. De patas duras, ya me dio suficientes la vida. Habrá que ver si es de veras tu chiqué. Llevame a tu milonga y demostrame si realmente merecés puntuación.

Después de los saludos de cortesía, Monic y el "Malevo" se aposentan en una mesa dominante Caminando juntos se adentran en el interior de la ciudad. Deambulando por sus calles angostas y sucias, llegan a un local de aspecto sombrío, en el que predomina el rojo como toda iluminación. Su decoración, entre decadente y trasnochada, le da un regusto bohemio, que atrae a su interior a la nostalgia de otros tiempos y a la reunión a media voz. Al atravesar el bar, se entra en la milonga que, repleta de humo y gente, hace cambiar, con su bullicioso ajetreo, el carácter silencioso y casi sacro de su antesala.

La sala rueda en tangos, la música invade hasta el último rincón de la pista y las parejas, en una aglomeración ordenada, se agolpan en ella. La entrada del "Malevo Sibilio" no pasa desapercibida para la concurrencia, que en un gesto de respeto o de admiración guarda unos pocos segundos de silencio contenido, sólo quebrados por la música que indiferente sigue sonando en su profundidad.

Después de los saludos de cortesía, Monic y el "Malevo" se aposentan en una mesa dominante. Se acercan los interesados por conocer quién es la desconocida, que son despachados rápidamente por la mirada desafiante de Sibilio.

Suena con ímpetu "A Evaristo Carriego" por la orquesta del "troesma" Osvaldo Pugliese. Sus primeras notas se clavan con profundidad en los corazones y el "Malevo Sibilio" extiende su mano con cortesía hacia Monic. Se dirigen con parsimonia monárquica hacia la pista y un abrazo los abraza en la quietud. La música inunda sus sentidos y sin moverse esperan la nota que los introduzca en el dialogante discurso de los cuerpos.

Una pequeña presión del "Malevo", hacia el lado, indica que todo empezó. Sublime y delicadamente Monic responde a cada frase de su compañero, respirando por cada uno de sus poros amor. Firme y respetuoso es Sibilio que proponiendo conversación lanza poesía con su cuerpo. Ensamblados, como uno, se deslizan clavándose en la pista, como hojas empujadas por el viento hacia la última nota. Se quedan, en esa posición final, con sus ojos penetrando en sus respectivos iris. Se incorporan y caminan hacia su mesa, sin hablar.Salen hacia la callejuela que les llevará al centro y en plena Rambla se besaran como nunca han besado

Después de dar un trago Sibilio, el apodado "Malevo", le susurra a Monic:

- Más ligeras son las plumas, pero no tan amorosas como vos.

- No me defraudaste, atorrante, sos un amor. - Le respondió ella, retocándose el rímel, ante su espejo de mano. - Es hora de estar solos.

Salen hacia la callejuela que les llevará al centro y en plena Rambla se besaran como nunca han besado. Porque sólo su cuerpo desnudo les queda por conocer, ya que el amor ya lo hicieron entre música y abrazo.

La garúa se ha extinguido. Una pareja deambula sin rumbo hacia un bulín. Otra vez se han fundido, Barcelona y el Tango, en una magia de amor.

Toni Barber

 Barcelona - 2002

Ilustraciones de Nilda Farela

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