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MASCARADA
por Victor Levant |
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Un llamado anónimo atraía a las sirenas hacia una mansión del Central Park. Era tarde, el crimen, truculento, ya estaba consumado. "No es mi culpa", gritó. Zora yacía degollada -desgarrada- sobre el piso de arce. La estola de visón la abrigaba inútilmente, y el cabello enmarañado le cubría parte del rostro. Damián jamás había visto una herida semejante. Recorrió la escena del crimen. Una pared se encontraba salpicada, "aquí fue" se dijo; pero lo que atrajo su atención fueron las manchas que poblaban el piso, la sangre completaba extraños diseños: espirales, semicírculos, pequeños charcos. Parecían parte de un ritual, o de una extraña danza. "Dios mío" se dijo, "el asesino la llevó hasta el cruce y la crucificó". "El detective bailarín" a veces lo llamaban en broma. Cuando el arma homicida relució debajo de la pata de una mesa, supo con pesar que el caso era suyo. Se puso los guantes, sacó una pinza y la tomó. Era un fragmento de CD "La abandoné y no sabía" de Tanturi-Campos. El asesino tenía buen gusto; a él mismo le había llevado años encontrar ese tango. Damián había visto frecuentemente a Zora en la milonga, era raro
para una mina de su clase el recorrer las calles a media noche para ir a bailar en los brazos de extraños. Tenía, un rostro inquietante. Sólo
que no le pertenecía. Era un excelente trabajo de los cirujanos plásticos; que destacaba el ángulo de su maxilar. Sus últimos
molares habían sido extraídos, él lo percibía cuando se sentaba a su izquierda. ¿Alguien más lo había notado? Pero
La milonga estaba situada en un segundo piso en el viejo barrio de carnicerías de Chelsea; el cielorraso era de un rojo descorazonador, había candelabros, mesas de vidrio y una pared de espejos. El hall de entrada estaba lleno de abogados de Nueva York, bailarinas retiradas, modelos alemanas, y cóndores sudamericanos en pleno exilio. Ningún espécimen faltaba a la cita: psicólogos, mecánicos, cantantes de ópera italianos, muchachos de barrio puertorriqueños, cracks informáticos y peleteros judíos de la zona. Cerca de la ventana se encontraba un repulsivo puñado de ricachones de Manhattan, que habían venido a vivir, por una noche, la aventura de las clases bajas. Todos ellos llegaban al tango, sedientos de esa música pasional, de hombres que apreciaban su hombría, y de mujeres que ostentaban sus encantos. Del otro lado de la pista, una fiesta de cumpleaños estaba en todo su esplendor. En el rincón más alejado, unas jovencitas charlaban animosamente, comparando sus zapatos importados de la mítica Buenos Aires. Había parejas de recién casados, bailarines amateurs, solteras jóvenes y bonitas deseosas de enamorarse, y tipos casados con ganas olvidar este pormenor por una noche. Aquellas mujeres, ávidas de admiración, ofrecían sexo a los tangueros destacados; una oferta demasiado frecuente y demasiado plagada de amarguras. Pero después de todo, cada una tenía derecho a sentir que ella sería la excepción.
Están en su ambiente, reflexionó Damián. De pie desde el rincón podía verlos a todos, un truco que él había aprendido en un congreso de policías. Algún gurú balines les enseñó la visión parabólica, 180 grados; los hacía mecerse sobre troncos hasta que sus ojos retornaran a sus órbitas. Nunca lo habría creído si no lo hubiera hecho él mismo. Esa técnica le otorgaba la ventaja de controlar las multitudes, de reducir el número de policías necesarios ante una manifestación. Ahora la utilizaba para junar a todas las mujeres del salón sin mover la cabeza. Algo le dijo que el asesino se encontraba allí, justo en frente de él. No sería fácil. Con una chica como Zora, podía ser cualquiera. Damián se metió en el tango luego de la muerte de su esposa, por curiosidad primero, y luego ganado por esa mística inexplicable. Las primeras clases estaba desconcertado; las melodías nostálgicas se parecían a la polca. No era una tarea sencilla. Bailaba con singular torpeza: tropezaba, pisaba a las chicas, o chocaba a las otras parejas. El profesor le había dicho que se movía como un cangrejo. A menudo lo sacaban carpiendo o lo dejaban plantado en la pista con las gordas y las feas. Le llevó tiempo, pero al final la cazó; había trabajado duro y ahora disfrutaba de lo mejor de la cosecha.
Allá estaba, la vio en el espejo: La belleza de pelo azabache con el escote interminable. Damián sentía sobre ella el roce de las miradas ajenas. Él atrajo su atención y ella le clavó los ojos. Era suya para esta pieza. Se dio vuelta y, atravesándose entre los otros bailarines, se le acercó y la invitó suavemente. Ella se puso de pie parpadeando. De pronto sintió un escalofrío. Volteó y se encontró cara a cara con Rock. Lo llamaban "el reptil" y no era precisamente por sus zapatos de cocodrilo. ¡Cómo le gustaba humillar a las chicas, reprenderlas, y dejarlas llorando! No bailaba con ellas, sino contra ellas, encerrándolas como ganado. Lo sorprendente era que volvían a él una y otra vez. Como si no recibieran suficiente castigo. Zora también adoraba eso, pero no tanto como para aceptar su propuesta de matrimonio. Él había comprado el anillo y en un arranque de fanfarronería, se lo mostró a sus amigos. Ahora sí que había un motivo de asesinato. Tenía las manos sueltas, se inclinó hacia adelante, el peso en la planta de los pies y ella lo siguió un instante más tarde. Sus pechos se encontraron y su mirada se hundió, suave, en la de ella.
Se sintió en el aire un perfume de azucenas. Se dio vuelta para mirar a Miguel, ese incurable romántico con corbata negra. El pibe con la cara llena de granos era ahora un apuesto atorrante malcriado, que nunca había aceptado un "no" como respuesta. Con una sonrisa matadora y unos penetrantes ojos negros, ¿quién podía resistírsele? Allí andaba arrogante, en la pista con su último trofeo. Zora reconoció su vanidad infantil. "No te vayás de la milonga sin bailar nuevamente conmigo", le ronroneó una noche. Y con un roce de sus pechos y un cuento de descuido marital, Miguel fue flechado. Derrochó en ella regalos que no podía afrontar y gastó una fortuna que no tenía, en un estudio para que pudieran practicar todos los días. Pero no sólo se abocaba a practicar: una tarde la encontró en la cama con Bety, la esteticista de abajo. ¿Cuánta mierda puede recibir un muchacho?. Sus pechos se tocaron. Él sintió descender su peso y una neblina eléctrica surgió de dentro, mientras se acunaba de lado a lado. Su corazón palpitaba. "Estoy en casa", se dijo. De pronto estaban haciendo ochos, moviéndose hacia adentro y hacia afuera, entrecruzándose vertiginosamente.
¿Y Bety? Damián se moría por encontrarse entre sus pechos. La rubia platinada era una belleza tan bien dotada como odiosa. Se divertía en la barra, tomando martinis con "el reptil" mientras miraba bajo la nariz a los iniciados, burlándose de sus errores y de sus posturas. "Hipócritas", pensó Damián. Se patinaron miles de dólares para llegar a la punta del ranking de bailarines de tango. Ni siquiera eran buenos, sólo pretenciosos, y egocéntricos. Todo un nido de víboras. Absolutamente incapaces de entregarse a otra persona. Pero ¿quién sabía lo que realmente había entre ella y Zora? "No hay infierno peor que la furia de una mujer despreciada". Damián retrocedió haciendo los pasos de la mujer. Era un truco que aprendió con uno de sus maestros. Era siempre un ganador con las chicas. La llevaba como un cazador orgulloso de su presa. De repente, él le bloqueó el pie. Ella lo rodeó, levantando la pierna a lo largo de la pantorrilla y el muslo. Damián vio a los mejores en Argentina, y no eran precisamente los maestros. No, eran tipos comunes que se deslomaban en alguna fábrica u oficina, y bailaban los viernes y sábados a la noche durante toda la vida. "Aquí todos son principiantes, y ni siquiera lo saben", pensó.
No se podía distinguir si eran dos personas bailando o una sola: el pecho de él y las piernas de ella se movían alrededor de la pista. Qué boludez eso de que se necesitan dos para bailar tango, pensó. Estaban nuevamente cara a cara. Dio un paso atrás y dos al costado. Dos pasos hacia adelante y ella quedó colgada en sus brazos. Estaba en el cruce y los dos y giraron como dos imágenes en un espejo. No, no sería fácil descubrir al asesino. Con una mina como Zora cualquiera podía ser. Damián conocía su tipo. Estéril y voraz. Puro veneno. Pero ¡Qué cara! ¿Qué estaba diciendo la canción ahora? "Todos están usando una careta, la vida es apenas una bola de carnaval". Damián repasó a la multitud de reojo. Tenía una pequeña debilidad por todos. Era gente sin pretensiones, en busca de calor humano y movimientos elegantes, para suavizar los duros golpes del día. Sonaba un vals, "Soñar y nada más". Era su preferido, un recuerdo de su primera comunión, hace siete años.
Dirigiéndose a la pared espejada, volvió la mirada hacia la belleza de cabellos azabache, con la cara como nube oscurecida. Dio una vuelta, se metió la mano en el bolsillo del saco e hizo un ruido seco. "¡Qué Dios me ayude, no otra vez!" murmuró. Sacó la mano del bolsillo. Estaba sangrando y sostenía un trozo irregular de disco compacto, Edgardo Donato, "El adiós". También le había llevado años encontrarlo. "No es culpa mía", exclamó. Fin Adaptado del inglés original por Hernán Odorisio Ilustraciones de Roberto Volta y Diego Manuel Rodríguez
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